Entre una gélida mañana, lluviosa y con su habitual ritual para salir hacia la impartición de sus clases, de pronto el profesor Jorge Sandoval se preguntó: “qué significa el amor”, justo cuando en medio de la sala de su casa se escuchaban las notas de una canción de Álvaro Carillo, reproducidas desde su pantalla de televisión que, hoy día llaman inteligentes porque contienen plataformas con diversas clases contenidos, las notas eran diáfanas:” al dejarme casi, casi se te olvida que hay un pacto entre los dos. Por mi parte, te devuelvo tu promesa de adorarme, ni siquiera tengas pena por dejarme que ese pacto no es con Dios”.
¡Vaya escenario! del profesor Sandoval, la interrogante pasó por su cabeza no sólo en medio de esa canción de Álvaro Carrillo, sino además porque no sabía qué significado habría tenido su vida en los últimos años: fue un creyente a ultranza en el amor, o mejor aún: en su amada Paola Betancourt a quien la llevó a un pedestal con esa adoración que, sólo pueden hacer esos religiosos o seres humanos de una fe inquebrantable, con ese mismo frenesí, se redujo a cenizas esa locura, pasión y deseo que sintió y vivió con Paola.
Un deseo más allá de lo carnal: ese que concebía Sandoval no sólo en la intimidad, en el recorrer cada espacio de la mujer que lo llevó al éxtasis del gozo, a convertir cada noche y día en un lapso que iba de la lujuria desbordada, hasta el instante más inocuo, tierno; digno de adolescentes que apenas se conocen y les basta un intercambio de miradas y un “te amo” para saber que son no sólo un par de cuerpos agotados de amar, sino además: esos seres que juntos pueden cruzar cualquier clase de umbral, sin ninguna clase de temor, porque están juntos, irremediablemente unidos porque se tienen el uno para el otro.
Un deseo que significaba recorrer el sendero del mismo infierno o del cielo para estar con Paola, en la dicha o en el desasosiego, eso era finalmente el amor para el profesor Sandoval, al fin y al cabo un utópico irremediable, aún y con sus propios demonios y santos que lo acompañaban no sólo en su mente, sino en su propia vida.
La introspección de Sandoval, apareció justo cuando se alistaba con el primer café de la mañana, para tomar rumbo hacia la universidad, y no es que él se considerara un filósofo, y menos aún: uno de esos existencialistas que pretendieran descifrar la realidad o el mundo en medio de la melancolía o la tristeza, que de manera intrínseca lo acompañaban de una manera inevitable en ese lapso de su vida.
Justamente el profesor Sandoval, un día antes de sus elucubraciones, le dijo lo siguiente via telefónica a uno de sus mejores amigos; el profesor González: “óyeme cabrón no se puede andar por la vida, con esta idea de que sólo quería a Paola para cogérmela. Ahí dejé parte de mi vida y de un amor etéreo, un compromiso de quererla y adorarla por siempre, aunque esto te sueno cursi o estúpido de mi parte”.
Ese diálogo surgió porque, como suele suceder: la noticia del rompimiento entre Sandoval y su amada Paola se difuminó de una manera estrepitosa entre sus conocidos y familiares.
A pesar de que Paola juró ante Sandoval que él era ese hombre por quien daría todo, y en donde la vida transcurría en plena parsimonia, todo terminó de una manera súbita, sin despedidas, como dos perfectos desconocidos.
El profesor Sandoval fue un superviviente de la denominada “guerra sucia” de este país, en los años setenta, un hombre rebelde, de ideas firmes y con ideales que lo distinguían como una especie de poeta de la revolución, pero “leal hasta la madre” como el mismo se autodefinía.
En el amor no era precisamente aquel que pregonara como San Agustin:
antes de conocerte era una persona distinta” o como Spinoza y su emblemática frase de: “te necesito”. Solía ser de un hombre que lo mismo podía ir al súper mercado, tirar la basura, comprarle unas flores a su mujer, ponerse hasta la madre de briago, que llorar en silencio, con un alma y corazón destrozados y hasta cantar por y para Paola.
Con la mirada un tanto atónita y ya con esa taza de café vacía, se volvió a preguntar el profesor Sandoval antes de marcharse a la universidad: “qué significa el amor”. Su respuesta muy peculiar y característica de él fue rotunda:” quizá haya sido una mamada, una falacia, un sueño que no tuve que vivir, con insomnios, con esa parte lúgubre que en más de una ocasión me partió la madre. Pero que también me robo el aliento y a pesar de todo, lo volvería a vivir, pues esa pinche Betancourt me tocó el corazón”.
Las notas de Álvaro Carrillo continúan, pero ya con otra canción:” Soy dolor que nunca te ha dolido… Soy una simple comparsa y por eso me voy”.
