El reflejo de todos nuestros adioses: Una Luna de cobre sobre MéxicoEn las primeras horas de este martes 3 de marzo, mientras el bullicio de nuestras crisis y la prisa de la política nos dan un respiro, el cielo ha decidido regalarnos una tregua. No es una madrugada cualquiera; es la noche en la que la Tierra, nuestro viejo y convulso hogar, se interpone en el camino de la luz para abrazar a su satélite con una sombra que, lejos de ocultar, revela.Estamos ante el espectáculo máximo del orden cósmico: un eclipse total. Sucede cuando la Luna se rinde por completo a la umbra terrestre, pero en lugar de quedar en tinieblas, se tiñe de un rojo atardecer. Es el momento exacto en que la física se vuelve arte y la alineación entre los astros alcanza una perfección que ya quisiéramos para nuestros asuntos terrenales.A partir de las 02:45 horas, seremos testigos de esa coreografía que hoy entendemos como un acto de filtración poética. Nuestra atmósfera —ese velo que nos permite respirar— actuará como un lente para proyectar sobre el relieve lunar el reflejo de todos los amaneceres y atardeceres que están ocurriendo simultáneamente en el mundo. Es, en esencia, la suma de todos nuestros crepúsculos grabada en el rostro de la Luna. Una memoria lumínica de lo que el día deja atrás.El fenómeno ocurre bajo la mirada de la constelación de Leo, junto a la estrella Regulus. Es una imagen poderosa: el León del zodiaco custodiando una Luna herida de luz roja. Este evento nos invita a la contemplación directa, sin prisas; un espectáculo inquietante para el espíritu de quien se detiene a pensar en nuestra escala en el universo.La noche es ideal para la palabra. De entre todas las voces, elijo la de Alí Chumacero y su “Amorosa raíz”, que parece dictada desde el origen de los tiempos:“Antes que el viento fuera mar volcado,que la noche se unciera su vestido de lutoy que estrellas y Luna fincaran sobre el cielola albura de sus cuerpos.Antes que luz, que sombra y que montañamiraran levantarse las almas de sus cúspides;primero que algo fuera flotando bajo el aire;tiempo antes que el principio.Cuando aún no nacía la esperanzani vagaban los ángeles en su firme blancura;cuando el agua no estaba ni en la ciencia de Dios;antes, antes, muy antes.Cuando aún no había flores en las sendasporque las sendas no eran ni las flores estaban;cuando azul no era el cielo ni rojas las hormigas,ya éramos tú y yo”.Frente al prodigio, el poeta nos recuerda nuestra verdadera dimensión. Porque si Chumacero nos habla de lo eterno, Vicente Gaos nos devuelve a la tierra para recordarnos quiénes somos los que miramos: “Más sólo soy un hombre en la ladera, un hombre sólo, apasionadamente”.Es desde esa soledad apasionada desde donde esta noche miraremos al cielo. No para buscar respuestas, sino para no olvidar que somos parte de un todo maravilloso que, de vez en cuando, apaga la luz para que podamos vernos mejor.Fuerte abrazo y buena luna, Lunita..
