Las subsecuentes líneas son una revisión sucinta del papel y protagonismo que han tenido los medios de comunicación dentro de la sociedad mexicana en los años recientes, y desde luego en diversos ámbitos, particularmente el político y de una manera sucinta en la era de la denominada 4T desde la llegada de Andrés Manuel López Obrador hasta los tiempos de Claudia Sheinbaum.

En su devenir histórico los medios de comunicación han sido polémicos de manera intrínseca, pero inicio con una breve reminiscencia de lo que de manera particular representó la televisión comercial en México y ese afán por sumarse a un linchamiento mediático de diversos personajes de la política nacional a través de los denominados “video escándalos” en las postrimerías del año 2000, en donde fuimos testigos como televidentes, de actos de  corrupción, de acusaciones desmedidas entre candidatos en medio de los procesos electorales, montajes televisivos, una “telecracia” en toda la extensión de la palabra, que me permiten citar a una de las voces más autorizadas en este tema como es el caso de Jenaro Villamil:”(…) día con día la pantalla comercial exhibe un retroceso preocupante: confunde libertad de expresión con impunidad mediática; no existen fronteras entre la intimidad y el espectáculo, entre el derecho a la privacidad y la especulación que da todo por hecho. En su peculiar estilo, la televisión enjuicia, legisla, condiciona, gobierna” (La televisión que nos gobierna, Jenaro Villamil, Grijalbo; México, 2005, p.10.

Esta condición con la televisión comercial no ha cambiado y se  muestra como esa “golosina” que sólo pretende despertar el morbo de los televidentes en temas banales, sin fomentar una cultura política y por el contrario promueve una indiferencia e información sesgada hacia los asuntos de interés general y públicos que tendrán una repercusión para el destino de la nación. Y qué decir de sus dueños y directivos como el caso particular de un Ricardo Salinas Pliego que se ha dedicado ha desafiar al presidente de la República e incluso al propio Estado Mexicano, a través del poder fáctico y real que representa su televisora como un aparato de presión.

La irrupción de las redes sociales se ha convertido en ese espacio para la difamación a ultranza, para la proliferación de informaciones tergiversadas que nos conducen a lo que se ha denominado la “posverdad” y que ha demostrado que ese “neoclasicismo digital” que representa el uso indiscriminado de plataformas y redes no siempre ha sido un vínculo para la modernización de las sociedades y menos aún para atestiguar que contamos una verdadera opinión pública informada.

Ante ello también se reaviva el debate sobre el papel de los medios de comunicación y de manera muy específica de los periodistas: ¿en realidad tienen que cuestionar todo a ultranza y ser partícipes de las historias y de los asuntos que abordan?

Los medios (salvo sus honrosas excepciones) han renunciado a esa capacidad para entender y analizar con argumentos los diversos temas de la agenda de un México que cada vez se vuelve más indescifrable por la vorágine de información y de la irrupción de medios y pseudo periodistas y presuntos líderes de opinión que sólo han utilizado sus espacios para intereses mezquinos, personales y políticos que lejos han estado de acompañar a la función real de los medios y periodistas y que tiene que ver con el fortalecimiento de instituciones y del aún desgastado régimen democrático de este país, desde la base ética y desarrollo profesional de su trabajo, sin que ello implique sumisión a los poderes del Estado, ni a ningún actor político, y menos aún: esa capacidad para fiscalizar a quienes marcan el rumbo de nuestra nación.

Con la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia de la República y posteriormente con la continuidad de la 4 T a través de la presidenta Claudia Sheinbaum, los medios críticos, periodistas independientes o simplemente quienes han manifestado sus posturas críticas en contra de quienes ostentan el poder político y desde luego  de sus respectivas decisiones que inciden en el rumbo de la nación y para ser más específicos: los periodistas, analistas políticos, comunicólogos e inclusos ciudadanos que por el simple hecho de publicar en sus redes sociales una opinión sobre algún actor político, y han tenido el valor y responsabilidad social de denunciar las diversos actos de corrupción, de una violencia desmedida como una nunca de un México sin división de poderes y la regresión de esos tiempos autoritarios que, pensamos que jamás volverían, se han enfrentado a las denostaciones más aberrantes de una clase política y un supuesto movimiento de izquierda que en su momento ondeo la bandera de la presunta defensa de la libertad, los derechos humanos y paradójicamente el combate a la corrupción.

Aquí tenemos aún una tarea muy amplia que permita alejarnos de una mediocracia que sólo ha servido para polarizar y denostar el papel de los medios y los periodistas en México. Repensemos no sólo a México, sino a los propios medios de comunicación y desde luego , ahora más que nunca es insoslayable la defensa y la lucha por la libertad de expresión, la libertad de información y el derecho de acceso a la información.

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