La victoria tiene muchos padres, pero la Sangre Solo un Idioma…Lo ocurrido en Jalisco el pasado domingo ha dejado de ser un reporte de balística para convertirse en un duelo de espejos. Mientras Donald Trump en Washington se construye un relato de victoria unilateral por el operativo en Tatalpa, en Palacio Nacional el esfuerzo se concentra en rescatar lo que queda de nuestra soberanía, con todo respeto..Anoche desde el Capitolio, Trump se apresuró a colgarse una medalla ajena. En su narrativa, el operativo fue el éxito de su “nueva campaña militar”, borrando el sacrificio de los soldados mexicanos. Frente a este triunfalismo, Sheinbaum optó por el realismo: admitió el apoyo de inteligencia pero trazó una raya. Washington puso los datos; México puso el cuerpo, el territorio y la sangre.El contraste es punzante. Trump busca validación y un pretexto legal para intervenir bajo la etiqueta de “terrorismo”, mientras Sheinbaum intenta calmar a una nación que no sabe qué pasará mañana. La llamada de ocho minutos entre ambos mandatarios (ocurrida entre lunes y martes en la ventana tarde-noche) se siente como un pulso gélido: una consulta técnica sobre un país que para uno es un tablero de ajedrez y para la otra es una casa que intenta mantener en pie.Ocho minutos. Ese es el tiempo que Washington le dedicó a la complejidad de una nación que sangra. En ese lapso no cabe una estrategia bilateral, ni la empatía, ni el respeto a los caídos; solo cabe un “pase de lista” de quien se siente dueño del turno.El diálogo, reconstruido en la “mañanera”, desnuda la fragilidad de nuestra paz; dijo CSP:“Me llamó ayer, antier… una llamada de 8 minutos para preguntarme: ‘¿qué pasa en México?, ¿cómo están las cosas?, ¿están bien?’. Le platiqué cómo había sido el operativo… y ya: ‘ah, bueno, pues muchas gracias, nos vemos. Que estés bien’”. Para Trump, el “¿qué pasa en México?” no fue una pregunta de aliado, fue el sondeo de un apostador verificando que sus piezas sigan donde él las dejó. Ocho minutos bastaron para que el triunfalismo estadounidense intentara borrar de un plumazo el sacrificio de los soldados mexicanos, pero no alcanzan —ni alcanzarán jamás— para dar certeza a un pueblo que ve cómo su seguridad depende, trágicamente, de un guion redactado en inglés.Al final, la caída del mito no ha traído la paz aun: Estamos ante un teatro de sombras donde la sangre sigue siendo nuestra, el territorio sigue siendo nuestro, pero la victoria parece escribirse en una lengua extranjera. Es la tragedia de un país que pone la vida mientras otro, desde la pulcritud de su escritorio, capitaliza el trofeo político y diseña la próxima invasión desde el discurso.

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