Cuando inicia la pandemia, se trastocaron vidas por completo en toda la extensión de la palabra, no alcanzarían un millar de cuartillas para tratar de acercarme al caudal de historia que, se generaron en este sentido y más aún: por la parte funesta de la mayoría de ellas que tanto lamentamos. Por ello en esta ocasión me referiré a mi historia personal, vinculada a mis labores como catedrático y de manera precisa: a distancia, o lo que se ha puesto tan de boga en estos días: de forma virtual, a través de una computadora, con esa desgarradora idea de evitar el contacto humano y con ello la posibilidad de exponer la vida misma y de terceras personas. ¡Vaya circunstancia de la tirania de la vida!
Resulta que en estos tiempos del coronavirus la libertad para transitar se convirtió en una quimera, en un riesgo e incluso en un llamado de atención para quien lo hiciera, sin que esto significara un acto de desobediencia civil. Las muestras de afecto y amor como el abrazar, besar, se convirtieron en un estigma; y paradójicamente ahora sí se valoraba esos actos que antes eran inocuos y hoy en dia se convirtieron en “besos que matan”, como bien lo dicen los propios versos; un mundo raro, inefable y totalmente surrealista; e incluso: para enfermarse y el peor de los casos; morirse resultaba sanitariamente incorrecto; la expresión de los rituales del caos en su máximo apogeo, acompañados del desasosiego y desconcierto a ultranza.
Las presentes lineas no van con ningún sesgo de protagonismo, ni mucho menos para auto elogiarme. Nada de ello, porque en medio de este escenario hubo héroes y heroinas sin rostro y que quizá nunca serán reconocidos y reconocidas. Estos son breves atisbos de un episodio de mi vida que resultó gratificante por diversos motivos y que a continuación comparto.
Así que sin más ni más, llegó la hora de iniciar la clase entre un silencio avasallador, alrededor de lo que yo llamé mi “cuartel general”, entre esa “sana distancia” de la tecnología y de los avatares de nuestras circunstancias, acompañado de un café, de libros, notas, pero sobre todo: de diversas preguntas: realmente estarán Entre pandemias y clases despiertos, escuchándome (pensando en mis alumnos, claro está) será realmente necesario hablar de Kapuscinski, Mc Luhan, Sartori, Weber, Tourine, Lipovetsky, Meyer, Monsiváis, Scherer, la bendita democracia, el Estado, la geopolítica, las teorias de la comunicación. Ufff!
¡Carajo: mantenernos vivos es lo más importante ahora! ¡Respirar sin que esto nos cueste la vida! Afuera, en las calles se respira soledad, tristeza, desesperación; y yo voy a hablar de algo que pudiera ser realmente irrisorio.
Sin embargo recordé una frase del buen Charles Bukowkski: ” En la guerra y en el amor todo se vale, menos arrastrarse. En la guerra se muere de pie y en el amor se dice adiós con dignidad”. Y así por el amor que le tengo a las clases ya estaba preparando mi respectivo “adiós con dignidad”.
Pero en esa primera clase crucé el umbral hacia lo desconocido con un: ¡buenos días compañeros, gracias por estar presentes!. Desde luego no fue un recibimiento efusivo, no era necesario verlos, para intuir que no era el mejor de los inicios, con el clima enrarecido en nuestras vidas y un presente indescifrable como la vida misma.
Lo cierto es que el tiempo transcurrió con esa celeridad que lo caracteriza y en un santiamén, ya estábamos inmersos en discusiones acaloradas, debates y exposiciones inagotables. Los fantasmas del otro lado de la pantalla de mi computadora se fueron dispersando y me encontré con jóvenes de carne y hueso, con rostros expresivos que delatan las utopias que albergan en su mente y corazón, pero también que son partícipes de reflexionar en torno a un pais que es inevitablemente suyo.
Estas tertulias me mantuvieron despierto, alerta, sobre todo, con la convicción de que tenia, o mejor dicho: que tengo un grupo que aún anhela salir a las calles, y en su momento escribir las historias que marcaran su rumbo y el de nuestra propia nación y por supuesto que están ávidos por expresarse, por reinventarse.
Saben: a mi esto me dió oxígeno, vida, junto con mis plegarias y desde luego recordar las siguientes lineas que me han inspirado en torno al arte de enseñar: “Enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo, enseñarás a soñar, pero no soñarán tu sueño.
Enseñarás a vivir. Pero no vivirán tu vida. Sin embargo en cada vuelo, en cada vida, en cada sueño, perdurará siempre la huella del camino enseñado” (Teresa de Calcuta).
Gracias por estos días, por su complicidad, por permitirme escribir un capitulo más de mi vida, de esos que te quitan el aliento. Y estoy cierto que llegará el día que de nueva cuenta cruzaremos el umbral para darles ese abrazo que en estos días sólo he mandado de una manera virtual.
Pero recuerden que del otro lado de la noche, siempre hay un amanecer que nos espera para brindarnos la oportunidad de continuar con esto que llamamos vida y que nos alcanza para continuar detrás de nuestras utopías y despertar nuestros latidos sepultados, en verdad, la vida alcanza.
Hasta siempre y mil gracias.
Jesús Salazar Rojas.


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