San Miguel Zapotitlán y Mochicahui: El pulso del primer Conti
El tiempo ordinario se ha retirado para ceder su lugar a la Cuaresma. Son, como decíamos hace apenas unos días, jornadas de guardar y de introspección. Pero en el norte de Sinaloa, este ciclo no es un simple conteo del calendario litúrgico; es una inmersión profunda en lo ancestral. Hoy, viernes 20 de febrero de 2026, la nación Mayo-Yoreme ha despertado con el estruendo del primer “Conti” —ese término que en su lengua significa, con toda la carga simbólica que conlleva, “dar la vuelta”—.Desde San Miguel Zapotitlán hasta Mochicahui, el aire se ha saturado con el retumbar de los tambores de doble parche y el siseo metálico de los tenábaris. No estamos ante un desfile; es una procesión de resistencia cultural. Cientos de judíos-fariseos han vuelto al escenario del mundo para representar la persecución de Cristo, un rito que encontrará su purificación final en el fuego del Sábado Santo, esa jornada que la memoria popular se obstina —con razón— en seguir llamando “Sábado de Gloria”.Jerarquía y MandaEn la formación, el orden es tan militar como sagrado. El Mandón o Capitán encabeza la marcha con paso firme, flanqueado por los chicoteros, quienes vigilan con rigor la disciplina del grupo. Para el fariseo, la máscara de cuero, las carrilleras de carrizo y los coyolis no son accesorios de temporada; son las herramientas de una “manda”. Es el pago de una promesa personal que se liquida con el cansancio del cuerpo, el sudor bajo el sol inclemente y el polvo que se levanta en el atrio.La herencia en el atrioEl rito desborda los muros del templo. Afuera, bajo el lamento de la flauta de carrizo, los danzantes buscan las “huellas sagradas”. Es una cacería simbólica que, en lo personal, me devuelve ecos de la infancia. Crecí viviendo esta tradición desde las entrañas, marcada por el origen yoreme de mi padre, Lorenzo Álvarez Gámez, quien me enseñó a descifrar el respeto absoluto que se guarda bajo el silencio de la máscara.A partir de hoy, el sonar de las sonajas será el latido cotidiano en el municipio de Ahome. En los centros ceremoniales, la identidad se defiende así: desde el anonimato y la fidelidad a la costumbre. Al verlos pasar, es imposible no sentir el peso de la herencia. Nace entonces ese impulso casi instintivo de querer sumarse a la fila, vestirse de judío-fariseo y fundirse en ese polvo que, al final del camino, es el mismo que nos dio origen.
