El lenguaje, ese espejo que no miente, suele revelarnos mucho más de lo que intentamos ocultar tras un disfraz. Lo ocurrido recientemente en la sede del Gobierno de la Ciudad de México con Carlos Pozos —el personaje que ha construido su identidad pública bajo el alias de “Lord Molécula”— no fue un simple tropiezo de dicción ni un exceso de confianza. Fue, en toda regla, un espectáculo de misoginia ramplona que nos obliga a preguntarnos: ¿Dónde quedó la decencia mínima del oficio periodístico?Pozos es un personaje pintoresco, casi de caricatura: el moño chillante, el saco rojo y ese bigote que pretende emular al detective Hércules Poirot de Agatha Christie. Pero mientras el Poirot de la ficción utilizaba sus “pequeñas células grises” para resolver crímenes, el personaje de la realidad parece utilizarlas para fabricar lisonjas mañaneras o ataques contra colegas como Riva Palacio o López-Dóriga. Sin embargo, ayer el “Lord” no buscó la nota; él se convirtió en la nota de la peor manera posible.En un intento burdo por sumarse a una agenda de género que claramente no comprende, Pozos soltó una frase que todavía lastima el oído. Y vaya que no soy una persona que se asuste fácilmente; admiro profundamente la obra de Renato Leduc, quien usaba las llamadas “malas palabras” con una maestría envidiable, pero Renato era un hombre culto que conocía las entrañas del idioma. Lo de Pozos es otra cosa. Al pretender “agradecer” a las mujeres de México, terminó reduciendo su existencia a una función puramente anatómica.Al hablar de “senos” y “chiches” en un espacio de poder, no rompió un tabú ni fue “irreverente”; lo que rompió fue el respeto elemental hacia la Jefa de Gobierno, hacia las periodistas presentes y hacia todas las mexicanas, incluyendo a la Presidenta de la República.El fondo de este asunto no es solo la vulgaridad, sino la cosificación. Cuando se reduce a la mujer a un objeto de nutrición o servicio, se intenta anular, de un plumazo, su intelecto, su lucha civil y su capacidad de liderazgo. Es el eco de ese México que ya no debería existir: ese que ve en ellas una función y no una sujeta de plenos derechos.Las disculpas, que llegaron horas tarde tras el justo reclamo de los reporteros —especialmente de las mujeres que alzaron la voz—, suenan huecas, casi mecánicas. El daño al gremio ya está hecho y la pregunta queda en el aire para las áreas de Comunicación Social: ¿Hasta cuándo permitiremos que este “folclore” lisonjero suplante al rigor informativo? ¿Cuál es el límite entre la libertad de expresión y la violencia verbal en un espacio de rendición de cuentas?La dignidad del periodismo no se mide por la cercanía con el gobernante —esa que el “Lord” presume con la Cuarta Transformación—, sino por el respeto a quienes nos leen y a quienes son objeto de la noticia. Lo de Carlos Pozos no fue un acto de audacia; fue la ruptura de la decencia necesaria para sostener un diálogo público sano.¡Para la historia inmediata!

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