El uso político de una herida abiertaHace exactamente 32 años, el reloj de la historia mexicana se detuvo en una colonia polvorienta de Tijuana. Eran las 17:12 en Lomas Taurinas cuando el ritmo festivo de “La Culebra” fue devorado por dos detonaciones. Luis Donaldo Colosio, el hombre que encarnaba la esperanza de reforma, caía al suelo. Un revólver Taurus calibre .38 había silenciado, de golpe, la voz del candidato.Fue un instante de desplome absoluto: un país sin aliento mientras los guardias sometían a Mario Aburto entre el polvo y el caos. Pero hoy, más de tres décadas después, el aniversario no es solo luto; es el recordatorio de nuestra incapacidad para cerrar un capítulo que hoy, más que nunca, es utilizado como herramienta de propaganda.La objetividad nos exige rigor frente al archivo. Cinco fiscales —Miguel Montes, Olga Islas, Pablo Chapa Bezanilla, Luis Raúl González Pérez y Abel Galván— investigaron el caso a fondo. Ninguno logró sustentar en tribunales la teoría de un segundo tirador. ¿Se equivocaron todos? La realidad jurídica es clara: no hubo otro tirador, aunque hoy nuevas series de ficción y narrativas oficiales intenten sostener acusaciones sin pruebas para alimentar la sospecha.Bajo la gestión de Gertz Manero en el cierre del sexenio anterior, asistimos a un resurgimiento forzado de la tesis que señala a Jorge Antonio Sánchez Ortega. En una carambola de diseño político, se intentó involucrar a Genaro García Luna, quien en 1994 era apenas un joven de 26 años, un funcionario menor del Cisen sin poder real de decisión. Convertirlo en pieza clave del magnicidio no es justicia, es narrativa.Aquí la crítica debe ser implacable: ¿Estamos ante un avance de la verdad o ante una reconstrucción por conveniencia?En enero de 2024, Luis Donaldo Colosio Riojas lanzó un grito desesperado: pidió que dejaran de “manosear” el homicidio de su padre para sacar raja política. La respuesta de AMLO fue la negativa y la insistencia en declarar el asesinato como un “crimen de Estado”.El riesgo es altísimo: si estas acusaciones carecen de pruebas irrefutables y se usan como distractores electorales, no solo se agravia la memoria de Colosio; se erosiona, hasta el tuétano, la confianza en las instituciones.Lo que resulta verdaderamente inquietante es lo que no se explora. Mientras la política se enreda en señalar a exfuncionarios de bajo perfil, la línea que vincula al narcotráfico con el clima de violencia de los 90 sigue siendo la gran asignatura pendiente.¿Por qué el sistema prefiere las intrigas de pasillo sobre la cruda realidad de los poderes fácticos que ya entonces asfixiaban al Estado? Quizás porque los hilos de esa red criminal aún vibran hoy.Al final, seguimos buscando a Colosio en los discursos, pero no lo hallamos en los hechos. Ni Aburto debería ser un símbolo de libertad, ni el Estado debería convertir un magnicidio en un tablero de ajedrez político.Como dijo Diana Laura Riojas: “Las balas del odio interrumpieron su vida, pero no las ideas por las que luchó”. El mejor homenaje no es exhumar expedientes para alimentar rencores de turno, sino saciar de una vez a ese México con “hambre y sed de justicia” que él diagnosticó y que, tristemente, sigue siendo nuestro retrato más fiel.y doloroso

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