Hay proyectos que nacen con buena estrella porque su origen es la franqueza. La presentación del libro “1994”, de Gustavo Hirales, que anoche nos convocó, tuvo su semilla hace una semanas en la casa de Abel Alcántara. Fue allí, entre la calidez de una charla sin prisas y el brindis que aclara las ideas, donde la obra comenzó a proyectarse. Anoche, ese círculo se cerró con la elegancia de lo que está bien hecho: con rigor intelectual y, sobre todo, con el abrazo de los amigos de siempre. La mesa fue un despliegue de lucidez política. Bajo la conducción puntual de Rubén Álvarez “El Negro”, escuchamos a Raúl Trejo Delarbre, José Woldenberg y José Newman Valenzuela. Recorrer ese año convulso a través de sus voces fue un ejercicio de memoria necesaria. Sus reflexiones nos recordaron una verdad fundamental: nuestra democracia no es un destino final ni una estación de llegada, sino una lección que se escribe, se defiende y se aprende a diario. Pero si la mesa puso la inteligencia, el auditorio puso el alma. Como escribió el poeta: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, y sin embargo, anoche parecíamos los de siempre. Allí nos encontramos los viejos amigos, excomunistas, los compañeros de Democracia Social, del PRD y de tantas batallas compartidas, reconociéndonos en la mirada y, fundamentalmente, en la congruencia. En las butacas se dibujaba la historia de toda una vida. Ahí estaban Enrique Quintero con su nuevo look, Memo y Nayeli Ramírez, Mario Ramírez “El Rami”, Jorge Pascual y su esposa. Fue especialmente conmovedor ver a la esposa y a los hijos de Gustavo, orgullosos testigos del legado de un hombre íntegro. Nos acompañaron también Miguel Alonso Raya, Fernando Belaunzarán, Guadalupe Acosta, Iram Moreno, Enrique Villarreal, Jorge Javier Romero, Ricardo Becerra, Orlando Espíritu y mi entrañable amigo “El Pollito”, junto a Juan Eduardo Martínez Leyva. El momento más emotivo fue, sin duda, estrechar de nuevo la mano de todos ellos. Confirmamos, entre risas, buenos tragos y recuerdos, que los ideales, cuando son sinceros, no caducan; simplemente maduran como el buen espíritu. La jornada encontró su puerto ideal en la hospitalidad del Restaurante Palominos. Gracias a Abel, sellamos la noche con el fuego lento de un soberbio mezcal oaxaqueño y el descorche de un excelente vino tinto. Las anécdotas fluyeron con la misma naturalidad que la atención de mi amigo Juan Eduardo, quien hizo de este “cónclave” —palabra hoy tan de moda en el léxico oficial— una prolongación del afecto. Hay noches que no se miden por el reloj, sino por la lealtad de quienes caminan a nuestro lado. Esta fue, sin duda, una de ellas.

Deo gratias.

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