El texto que el Dr. Guillermo Ibarra Escobar publicó recientemente en R de Reforma es mucho más que un análisis de coyuntura; es, en esencia, una anatomía de la decepción. Escrito con la precisión quirúrgica de quien conoce las entrañas del poder universitario y la amargura de quien ve un ideal degradarse frente a sus ojos, el académiico Ibarra nos entrega un retrato hablado del colapso moral y político de Rubén Rocha Moya. Al leerlo, uno identifica tres nervios vitales que explican esta tragedia sinaloense:i) La metamorfosis de la voluntadGuillermo traza una línea del tiempo que es, al mismo tiempo, un mapa de la supervivencia. No estamos ante un “delincuente fortuito”, sino ante un maestro de la Realpolitik cuyo mayor talento ha sido el mimetismo. Es fascinante —y a la vez desolador— observar el tránsito de Rocha: desde las banderas rojas de la izquierda radical en el PCM, pasando por el cobijo de la burocracia priista con Millán, Aguilar y Quirino, hasta desembarcar en el pragmatismo absoluto de Morena.La tesis de Guillermo es clara: Rocha no buscaba transformar la realidad, sino escalar la estructura. Al final, el vacío de un proyecto de Estado se explica porque la meta siempre fue el poder por el poder mismo.ii) El mal radical: cuando el juicio se apagaLo más profundo del texto es su anclaje filosófico. Ibarra acude a Kant para explicar la caída, evitando el insulto fácil para centrarse en la “atrofia del juicio”. Sugiere que el entorno de impunidad y el ejercicio vertical del mando crearon una “ceguera” ética.En esta narrativa, el interés personal terminó por devorar la brújula moral, permitiendo que alianzas con grupos “no convencionales” se volvieran aceptables en el escritorio del Gobernador. Es lo que Ibarra llama una “corrupción de la voluntad”, elevando la crítica de un plano administrativo a una reflexión humana sobre la culpa y la responsabilidad.iii) El choque con la realidad y el rigor históricoEl colapso del “rochismo” no ocurre en el vacío. Guillermo sitúa este ocaso en el violento choque de trenes con la política exterior de Trump (2025-2026). Ibarra no especula; documenta. Al citar las cifras de homicidios, desapariciones y los nombres específicos de colaboradores hoy señalados, dota a la crónica de un peso documental irrebatible.Hay un pasaje especialmente doloroso: aquel donde señala que Rocha y Melesio Cuén, aunque enemigos acérrimos en el final, emergieron de la misma “placenta política” universitaria. Ambos dejaron tras de sí un legado de oprobio para la UAS, la institución que alguna vez representó la esperanza académica del estado.La semblanza de Guillermo es valiente porque nace de la autocrítica. Al reconocer que “militamos juntos en el PCM y en un tiempo trabajé con él a mediados de los noventa, cuando fue Rector de la UAS”, su juicio adquiere una autoridad moral distinta.En efecto, este texto publicado en reforma.com funcionará para los historiadores del futuro como un epitafio político. Es un equilibrio perfecto entre la frialdad de los datos —extradiciones, muertes, crisis— y la tristeza profunda por lo que Sinaloa pudo ser y no fue. Es, en última instancia, el recordatorio de que cuando falta un proyecto social sólido, las sombras más oscuras de la realidad terminan por ocupar ese espacio.Vale la pena leerlo completo; duele, pero explica.

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