El manido velo de las “razones personales” no tardó en desgarrarse. Según detalla el periodista Raymundo Riva Palacio, la salida de Ulises Lara oculta una trama turbia, desnudada por los hallazgos de un sigiloso trabajo de contrainteligencia.A espaldas de Ernestina Godoy —la fiscal que le había confiado a ciegas el peso de la institución—, emergió la figura de un operador que presuntamente pactaba con las redes del huachicol fiscal y retorcía el aparato de justicia para usarlo como instrumento de extorsión.Sin embargo —y aquí radica el verdadero clímax de esta historia—, los presuntos negocios ilícitos no fueron su condena final. En los laberínticos códigos no escritos del poder, lo que verdaderamente encendió las luces de alarma en Palacio Nacional fue descubrir el insospechado pragmatismo de un topo. Lara, un hombre históricamente arropado por la retórica de la izquierda dura, llevaba —dice Raymundo— años operando en las sombras como informante para las agencias de inteligencia estadounidenses.Una paradoja monumental.El desenlace de esta caída deja una estampa muy clara y, a la vez, una advertencia ineludible en el escritorio de la presidenta constitucional de México, Claudia Sheinbaum: a veces, el fuego que verdaderamente calcina es el amigo. Hoy queda claro que los adversarios más letales de esta administración no siempre militan en la oposición; a menudo caminan, respiran y despachan desde las entrañas mismas de la Cuarta Transformación.Y ante la gravedad de este retrato, queda una interrogante, tan inevitable como incómoda para el oficialismo: si todo esto realmente ocurrió bajo sus propias narices, ¿por qué se eligió el sigilo de la renuncia en lugar de abrir una sola carpeta de investigación en su contra?Mejor lean a Riva Palacio…
