La llegada de la presidenta de la República ha sido un motivo para cuestionar su vínculo con el expresidente López Obrador y su presunta injerencia en la actual administración.
El autor del presente texto llama la atención sobre los excesos de los gobiernos populistas , demagogos y clientelistas.

Decía Eurípides que: “la inferioridad de la democracia consiste en la existencia de oradores que se dirigen al pueblo, parecen estar de acuerdo con él en todo: pero sólo buscan su propio interés. Estos hacen hoy las delicias del pueblo y mañana harán su desgracia; para disimular sus culpas, calumnian”.

¿En pleno siglo XXI no les parece que esta reflexión de Eurípides está más vigente que nunca? Veamos a qué me refiero de manera particular:

El presidente Andrés Manuel López Obrador se dedicó a gobernar con su actitud beligerante y pendenciera que lo caracterizo a lo largo su trayectoria política. Y claro se situó como víctima cuando le resultó conveniente y como un mártir de la democracia mexicana y ¡claro está! Fue invocado como un “mesías” del “pueblo sabio” por sus idólatras y fundamentalistas que lo defendieron a ultranza, como un santo; y con ello se convirtieron en la antítesis de aquello que dijeron defender: la injusticia, la desigualdad, los fraudes electorales, el autoritarismo, etc. Para convertirse en unos usurpadores y traidores del avance democrático de México y más aún, bajo esa geometría política en la que supuestamente están inmersos: la izquierda. Pobre izquierda que invocan y que grande les quedó autodefinirse de izquierda, cuando ellos no ofrendaron su vida y menos aún fueron perseguidos como lo hicieron en su momento aquellos personajes que se convirtieron en guerrilleros o que defendieron sus ideales, sin cambiar de partido político y menos aún. vividores del sistema.

López Obrador mantuvo una postura autoritaria digna de un demagogo consumado, por “encantar al pueblo sabio” que dicho sea de paso, no vive con las comodidades de su familia y menos aún con ese fuero político e impunidad de sus allegados y operadores políticos que hacen trizas el concepto de República Mexicana.

No sé si sea ese mismo “pueblo sabio”, el que delinque todos los días en su modalidad de crimen organizado, o aquellos que con toda impunidad abordan el transporte público y asesina sin temor alguno a cualquier persona.

¿Será ese pueblo sabio el que insulta y vitupera a las fuerzas armadas, pero que pide su auxilio en momentos de desastre? En este tenor ahora resulta que después de largos años del caso Ayotzinapa señala que va a pedir cuentas a marinos que hayan ocultado información sobre ese asunto. Un acto más de su demagogia y deshonestidad y falta de agradecimiento hacia las fuerzas armadas que lo han apoyado desmedidamente, hasta el grado de dar sus vidas en el cumplimiento de su deber, ante un “comandante supremo”, displicente e indolente.

O ¿Acaso será ese pueblo sabio el que fusila sin pudor alguno a sus contrincantes, el que desaparece y mata a todas horas a mujeres, hombres y niños, sin importar rango, clase social o cargo público?

Ese pueblo sabio es quizá ese grupo de “acarreados” que con toda impunidad cercan la ciudad de México, de la mano de una jefa de gobierno que transgrede la Constitución política mexicana, con sus alabanzas y apoyo de su maquinaria política para presionar de la manera más vil a una Suprema Corte de la Justicia de la Nación, tan abyecta que cedió al chantaje de López Obrador para abrirle las puertas a su obcecada reforma eléctrica que, dudo que conozca ese “sabio pueblo” que acudió a la vieja usanza priísta en medio de prebendas o mejor dicho: limosnas políticas. ¿Eso es procurar a los “pobres”?

López Obrador se pelea lo mismo con actores que critican la construcción de un “tren maya” que definitivamente causa un impacto ambiental negativo, y con los detractores que critican su experimento: de un supuesto Aeropuerto Internacional, llamado “Felipe Ángeles”.

Impuso una consulta popular, fundada en una Ley de Revocación de Mandato, para preguntarle al  “pueblo sabio”, si debe quedarse al frente de la Presidencia, y peor aún desarrolló un alud de propaganda electoral, no sólo con la promoción de dicha consulta, sino además con acciones tendientes a ensalzar su imagen y la de su gobierno, violentando el orden constitucional de este país, al realizar actos violatorios de  diversas leyes y más aún: por encima de las decisiones de la Suprema Corte de Justicia de la Nación  y del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.

Evidentemente 30 millones de votos lo llevaron a la Presidencia de la República en las elecciones del 2018 y esto le otorgó un amplio margen de legitimidad, sin embargo esto no significó que tuviera inmunidad absoluta y menos aún: el derecho de imponer su visión y estilo personal de gobernar, por encima de la ley.

En este sentido vale la pena recordar que hace miles de años en medio de una Atenas, Grecia; en donde nació el concepto de la democracia con sus pretendidas bondades, no surgió precisamente con la participación de las mayorías. Surge con una serie de bemoles y contradicciones que, al día de hoy se pretende entender como una forma de gobierno perfecta y en donde aparentemente todos los ciudadanos tenemos la oportunidad y capacidad de tomar decisiones colectivas en torno a los asuntos que definirán el rumbo de una nación.

Por supuesto, esta idea ha sido tergiversado por López Obrador y sus huestes, porque definitivamente ni en la propia Grecia, el grueso de los ciudadanos no podían opinar o cambiar alguna decisión de índole político, simple y llanamente porque no todos tenían el conocimiento y capacidad para emitir un punto de vista, que fuera contemplado como un argumento irrefutable, tenían que hacerlo los filósofos o quienes realmente conocían de temas de gobierno

Pero con las actitudes hostiles del presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, mucho antes de que fuera el titular del Poder Ejecutivo, hacia diversos actores políticos y sociales,  como sucedió con los medios de comunicación y periodistas, por iniciar con un ejemplo, a quienes ha llamado “chayoteros” o “prensa fifí”, sin pensar en la polarización que esto genera ante ciertos sectores de una sociedad mexicana, cada vez más convulsionada e irritada ante el panorama que se vive en México en diversos frentes, lo ha llevado a ser  indolente con las muertes de periodistas que han tenido lugar a lo largo de su sexenio, así como las agresiones en materia de libertad de expresión prohijadas por el propio político tabasqueño.

El presidente de la República ha ejercido una “melomanía” a todas luces en el ejercicio del poder, con esa presunta idea de grandeza y de pensar que un país es de un solo hombre. No se ha dado cuenta que cada vez más se hunde en las paradojas de su propio discurso emancipador y de combate a la corrupción.

En plena veda electoral, el presidente de la República, al igual que otros funcionarios de su gobierno y mandatarios locales, dieron una fehaciente muestra de su retroceso político, dejaron claro que no han desterrado el clientelismo, corporativismo, las violaciones a la Constitución y a la legislación electoral, así como la manipulación y el lucro que hacen ante la pobreza e ignorancia que prevalece en amplios sectores de la sociedad mexicana.

¿A tres años de su mandato el ejercicio de la revocación de mandato realmente legitimó al presidente López Obrador ante las mayorías de los mexicanos y lo convierte en un presidente democrático que ha pensado en el pueblo?

No lo creo, esto es una muestra más de un populista autoritario que surgió del PRI, que vivió de ese sistema tricolor y que ha visto en la política un negocio; ha sido un camaleón político que no ha tenido realmente una convicción y valores auténticos de un jefe de Estado y menos aún de izquierda. No tuvo el respeto a las mínimas condiciones para el fortalecimiento de un auténtico Estado Democrático de Derecho, sólo cree en su obcecación por el poder de una manera patológica, y con esa misma enfermedad que han tenido los huéspedes de Los Pinos y ahora el de Palacio Nacional: es sentarse en la silla presidencial sólo para la foto y para cumplir con sus obsesiones personales de poder, sin que realmente ese “pueblo sabio” sea lo más importante en sus agendas políticas y personales.

México continúa como ese país de élites y que penosamente vive en medio del fanatismo político y aletargado en la creencia de que un solo hombre será quien cambie nuestras vidas.  Sin una división de poderes real y un viraje que deje atrás esos tiempos tan repudiados antes de que Morena llegara a la Presidencia a la República. Morena y López Obrador vinieron a confirmar que sólo el poder en sí mismo es el fin principal y último de quienes han llegado a la Presidencia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *