El autor del presente ensayo: Jesús Salazar Rojas pone en tela de juicio que la alternancia política sea un sinónimo de consolidación democrática. Vale la pena leerlo y reflexionar si con la llegada de un gobierno a la Presidencia de la República que, se dice ser de izquierda; se puso fin a las desigualdades económicas, sociales y el autoritarismo que tanto criticaron quienes ostentan actualmente el poder político
RESUMEN
Este recorrido se centra en la idea de activar una
reforma del Estado, a través de sus principales ór
ganos: el Poder Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial,
la cual incluya a los medios de comunicación, por
su inevitable influencia en los avatares políticos y
sociales, ya que desde esos espacios se pueden y
deben articular las sucesivas reformas que permitan
atender la cambiante y compleja agenda política,
económica y social de un país como México en don
de los ciudadanos esperan que la democracia de la
que tanto le han hablado, pueda ser un camino
hacia mejores condiciones de vida, pero además
donde las instituciones y actores políticos y
sociales, se desen vuelvan bajo el escrutinio
ciudadano y el de la ley.
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México arribó al siglo XXI a través de un sendero que por momentos fue iluminado por
el brillo de la esperanza, por la utopía de concretar el viraje tan anhelado hacia la
estabili dad económica, el desarrollo social y desde luego: la consolidación
democrática.
Con el triunfo de Vicente Fox, como candidato del Partido Acción Nacional (PAN),
en las elecciones presidenciales del dos de julio del año 2000, se forjaron todo tipo de
ilusiones y expectativas, más allá de las coincidencias o divergencias que se tuvieran
en el momento en que fue candidato o bien, en su período como Presidente de
México; pero más aún por el hito que representó la alternancia en la Presidencia de la
República.
Independiente de las diversas aristas que envolvieron el triunfo de Fox, no se
podía soslayar, el cúmulo de agravios -llámense casos de corrupción, violencia
política, es tancamiento económico, etcétera- que envolvieron la coyuntura política de
aquellos años y que , de alguna u otra manera, fueron algunos aspectos que no
dejaron de ser imperceptibles para una parte considerable de una ciudadanía que, no
podía vislumbrar un panorama promisorio ante un régimen priísta de esos días que,
resultaba petrifica
do ante sus propias acciones y por consiguiente: era terreno más que propicio para un
panismo acompañado de una estrategia electoral abiertamente opositora y claro está
: de su respectivo candidato a la Presidencia que rompía con los cánones del panismo
tradicional y más aún; del estereotipo y arquetipo del político de la vieja usanza.
Por ende, apareció como una opción distinta, viable, que podía dar cierta certidum
bre en medio de ese clima político enrarecido que se vivía; y al menos así lo percibió el
electorado que lo llevó a Los Pinos con el voto que emitió en las urnas en aquel lejano
julio del año 2000.
Por ello es que la llegada de Fox a la Presidencia de la República, venía
acompañada primordialmente de ese afán por construir una nación más
democrática, justa y equitativa, porque (…) Después del dos de julio. “Más de lo
mismo” ya no sería soportable y más aún porque esa fue la principal oferta de Fox en
su campaña hacia la Presidencia: el cambio. No en balde el entonces coordinador
general de mercadotecnia de la campaña de Fox; Francisco Ortiz, escribió que: “En
esa campaña nos inspiramos mucho, porque estuvo dirigida al corazón de la gente”
Y efectivamente el llamado “voto útil” fue el que se im puso por encima de la razón y
no precisamente, por el discernimiento del análisis crítico, respecto a las ofertas
políticas de los distintos candidatos a la Presidencia de la República.
Esto no quiere decir desde luego que, con ello se demerite el triunfo que en su
momen to obtuvo el candidato del PAN a la Presidencia de la República, simple y
llanamente es una breve análisis respecto a la estrategia electoral que asumieron los
partidos políticos y que, sin duda alguna son algunas de las asignaturas pendientes
en el fortalecimiento de nuestra democracia: me refiero precisamente al hecho del
establecimiento de un autén tico debate de ideas y exposición de propuestas y
plataformas políticas para el país; y no simples discursos coyunturales o bien la
saturación de un marketing político que ha sido la marca principal en los últimos
procesos electorales.
Sin embargo los días y los años en el sexenio foxista transcurrieron en medio de un
cúmulo de acontecimientos que, rompieron -en términos coloquiales- con la “luna de
miel” entre los ciudadanos y la estrenada administración panista, y lejos de cualquier
maniqueísmo, la tirana realidad demostró que efectivamente, de la ilusión se pasó al
desencanto y más aún cuando se conocieron algunos de los presuntos casos de
corrupción en los que se vieron envueltos los integrantes de la “familia presidencial”
El presente texto no tiene que ver con una revisión del sexenio foxista, ni tampoco con
la llegada de Felipe Calderón Hinojosa a la Presidencia de la República, hecho -mucho
menos con un repaso estridente de algún presumible asunto de corrupción en alguno
de estos sexenios, finalmente si líneas atrás se hizo una escueta referencia, es porque
de alguna u otra manera, en ciertos espacios de la prensa, en los albores del sexenio
foxista cuando de pronto se ventilaron aparentes irregularidades en ciertas
operaciones de su respectiva administración; fue algo que resultó más que paradójico
para un gobierno que evidentemente nació con la promesa de alejarse de cualquier
acto ilícito- que representó la continuidad del PAN en Los Pinos, aunque desde luego,
en medio de un proceso elec toral sumamente polémico y más aún por el estrecho margen de votos con los que ganó Calderón que, en términos generales no
representaron ni el uno por ciento de los votos. Ese hecho desde luego, no le restó en
ningún momento la validez al triunfo obtenido por el entonces candidato del Partido
Acción Nacional, simplemente fue la muestra de una de las elecciones más
competidas que han tenido lugar en México y desde luego: esto generó diversas
reacciones y por supuesto, las mayores críticas provinieron de las filas de la izquierda.
Así bien, lo que se pretende en las subsecuentes líneas es establecer una mínima
radiografía o si se prefiere, una mirada muy personal y lacónica hacia las deudas de la
democracia mexicana.
Por ello este punto de partida hacia la evocación de la victoria panista en las
eleccio nes presidenciales del 2000 y 2006, se debe porque de alguna u otra manera se
exaltaron desmedidamente ambos triunfos, particularmente el de Vicente Fox, al
grado en que sus apologistas llegaron a presentar el triunfo de la alternancia política
como sinónimo de una consolidación democrática, o incluso la culminación de la
propia transición hacia la democracia que, no era lo mismo, a pesar de que con la
victoria de Fox, se hubiese cerrado un capítulo más de dicha transición, más no la
finalización del arduo proceso democratizador que ha seguido el país y que ha tenido
que ver con toda una “mecá
nica” de cambios, pues después de abandonar el viejo régimen como lo analiza César
Cansino: “ (…) todo está por inventarse. Las viejas instituciones, normas, códigos ya
no pueden digerir la pluralidad política, social y cultural que distingue
irreversiblemente a la sociedad mexicana actual”.
Por supuesto, la alternancia en la Presidencia de la República, siempre será
recorda da, como uno de los pasajes más memorables de la historia mexicana, pese a
sus virtudes.
y contradicciones, pues resultaba más que insostenible en aquellos años, la
continuidad de un régimen priísta que se había desgastado en diversos rubros.
Sin embargo; lo que para algunos podrían ser paradojas del destino, o bien parte
de una entendida pluralidad política para otros, el regreso del PRI a la Presidencia de
la República; es un hecho que desde luego se concretó con la aprobación ciudadana
en las urnas, más allá de sus detractores o apologistas. ¿Voto de castigo? ¿Errores del
panismo? ¿Evocación hacia el priísmo?
La respuesta se dio con el voto ciudadano y con la apuesta por un PRI que
entendió que su principal adversario político se encontraba ante un escenario
político, muy pareci do al que vivió en su debacle del año 2000, cuando perdió la
Presidencia de la República.
En estas ya casi dos décadas transcurridas del siglo XXI, y después de dos procesos
electorales presidenciales (2000-2006 y 2006-2012), la democracia mexicana aún
mantie ne una agenda inagotable y desde luego, con una sociedad ávida de cambios.
Por supuesto, estamos ciertos de que la democracia no representa la panacea o el
elixir milagroso para los diversos y complejos problemas nacionales, tan es así que
bien podemos remitirnos a expresiones como la siguiente que nos habla de cierto
desencanto con la democracia mexicana: “Como quiera que sea, nuestra primera
experiencia como nación con la democracia ha sido francamente desilusionante”.
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Bien podría pensarse que la anterior reflexión está permeada de un pesimismo a
ultranza, pero es una muestra del mosaico de opiniones que podemos encontrarnos,
en medio de estos avatares del análisis político; pero más aún: de la visión que
podemos tener como nación y su respectiva relación con la democracia.
Precisamente la apuesta del presente ensayo es destacar la importancia que
tendría para el país el hecho de que nuestras principales instituciones y órganos
pudieran cumplir con el papel que tienen conferido en nuestras leyes y, por supuesto
dotarlas de nuevas herramientas o para ser más explícitos: de un marco jurídico
sólido, para que puedan desempeñar debidamente sus funciones, sin ninguna clase
de presiones políticas.
Para ello tendrían que jugar un papel preponderante algunos de los principales ac
tores políticos y sociales en la definición del rumbo que pudiera tomar nuestra nación,
como operadores de dicho cambio.
Lo anterior puede ser posible, siempre y cuando nuestra democracia se fortalezca,
pues la idea de tener un régimen más democrático, tiene que ver simplemente con el
establecimiento un nuevo escenario nacional, donde la impunidad no trascienda,
como consecuencia del establecimiento de un auténtico Estado de derecho, en el que
prevalezca una real división de poderes; donde el Poder Legislativo se convierta en un
verdadero fiscalizador del Poder Ejecutivo y sus respectivas políticas y desde luego
con la presencia de un Poder Judicial que no sea avasallado por ningún interés o
poder polí tico. Pensemos en un país en donde sus medios de comunicación y
particularmente los electrónicos, no invadan esferas que no les corresponden,
convirtiéndose en una especie de poderes fácticos, sin ninguna clase de contrapesos.
Por qué no pensar también en una autoridad y un tribunal electoral que haga
cumplir sin ninguna clase de miramientos las leyes electorales, de manera que los
partidos políti cos se sujeten a las reglas del juego establecidas.
Para esto y más nos sirve la democracia y por ello creo que bien vale la pena, toda
cla se de esfuerzo que nos permita fortalecerla, pues el anhelo de transitar por un
sendero más justo, equitativo y democrático sigue más vigente que nunca, más allá de
cualquier triunfo electoral o discurso redentor.
Sin caer en una visión pesimista, no podemos negar que el panorama político y
social que privó por lo menos en algunos años del sexenio pasado, hablaron de
incertidumbre e inestabilidad y de cierta agudización de la crisis económica,
desafortunadamente acompañada de una ola de violencia que llevó al gobierno en su
momento a emprender una guerra abierta contra el crimen organizado que, a pesar
de sus logros, tuvo ciertos bemoles e incluso llevó a la polarización interna y hasta
ciertas descalificaciones fuera del país en donde se calificó a México como un “Estado
fallido” en el sexenio anterior.
De manera que no se puede negar la parte lúgubre de una realidad que nos
alcanzó, justo cuando pensamos que podíamos trascender el umbral hacia el
desarrollo económi co y social, como producto de los avances democráticos que
habíamos experimentado en los últimos años. Lo cierto es que aún existe una gran
tarea pendiente por realizar, para llegar hacia un puerto más democrático, justo y con
mejores condiciones económi cas; independientemente de las tormentas y los diques
que se puedan sortear.
¿Cuáles son las deudas pendientes de la democracia mexicana? Pensar en las
deudas pendientes de la democracia mexicana, sin lugar a dudas nos podría remitir a
un caudal de ideas y propuestas, particularmente cuando la realidad política de
nuestro país es compleja y cambiante. De manera que a continuación, se expondrá lo
que desde una visión personal entiendo como esa especie de agenda política –o lo
que llamo las deudas pendientes de la democracia mexicana– que no debe soslayarse
en este afán por consolidar nuestra democracia y por añadidura, entrar a una nueva
fase política que nos permita activar los cambios necesarios para construir una nación
en donde los ciuda danos no sólo puedan percibir los cambios en el terreno político,
sino que además puedan acceder a un nivel de vida más decoroso, ya que la
democracia no puede estar desvincula da de esa aspiración . Por ello no creo que
resulte ocioso recordar que: “(…) Hay cada vez más pruebas de que el grado de
desigualdad económica (más que el nivel de desarrollo económico) es el que mejor
explica la estabilidad y la inestabilidad democráticas. (…) Es difícil formar o mantener
instituciones democráticas en una sociedad profundamente divi dida por el ingreso y
la riqueza, sobre todo en una sociedad que da la impresión de no hacer mucho para
remediar esa situación o, peor aún, que la exacerba activamente”.
Así bien, debo iniciar con la idea de activar una reforma del Estado, cuyo eje primor
dial serían sus principales órganos; los poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial,
porque muy a propósito de lo que líneas atrás comentamos del presunto “Estado
fallido” en el que supuestamente nos convertimos, no podemos negar que el Estado
“(…) como la sociedad territorial jurídicamente organizada, con poder soberano, que
persigue el bien estar general” no ha podido garantizar ese “bienestar general” y
tampoco ha conseguido lo que establece la propia Constitución Política de los
Estados Unidos Mexicanos en su artículo 25: “Corresponde al Estado la rectoría del
desarrollo nacional para garantizar que éste sea integral, que fortalezca la soberanía
de la Nación y su régimen democrático y que, mediante el fomento del crecimiento
económico y el empleo y una más justa dis
tribución del ingreso y la riqueza, permita el pleno ejercicio de la libertad y la dignidad
de los individuos, grupos y clases sociales cuya seguridad protege esta constitución”.
Realmente el papel del Estado es más que preponderante y por ello es que resulta
apremiante su fortalecimiento, a través de una reforma que trascienda toda clase de intereses políticos y electorales, porque finalmente y más allá de cualquier coyuntura,
los diversos diseños institucionales que se puedan concretar, servirán para la futura
gobernabilidad del país, independientemente del partido que llegue o se mantenga
en la Presidencia o en cualquier otro nivel del gobierno.
Más allá del debate que pudiera generar el papel que ha desempeñado el Estado
en el caso mexicano, la idea de centrar el recorrido de las siguientes páginas en
dichos órganos del Estado o Poderes de la Unión, es porque de ahí parte
sustancialmente la organización del poder y el eje fundamental para la edificación de
un régimen más democrático, pues su papel es fundamental en el destino de la
nación, pero desde luego: siempre y cuando cumplan con su respectivo cometido.
Ahora bien, es importante insistir que El Estado como tal desde luego que no se
agota con el Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Como se señaló en líneas atrás,
hay actores sumamente importantes que van más allá del Estado, pero que
desempeñan un rol preponderante en la agenda política, económica y social del país;
como lo son los propios partidos políticos, la sociedad civil, los medios de
comunicación, organizaciones no gubernamentales, sindicatos – algunos de ellos que
aún representan el claro ejemplo de lo que ha sido el corporativismo, usado como
una deplorable practica de presión y chantaje político. En alguno de ellos, por
supuesto que le dedicaremos una mínima re flexión – de manera concreta a los
medios-, porque sin su participación; lejos estaremos de conseguir este viraje tan
necesario para el país.
Urge activar esas reformas constitucionales o si se prefiere ese entramado legal
que, acote y delimite las funciones y responsabilidades de cada uno de los poderes.
Por ello es que no resulta exagerada la idea de un “ nuevo orden constitucional”,
porque desafortuna damente las instituciones ahí han estado presentes, al igual que
las leyes , pero en más de una ocasión han estado extraviadas, rebasadas o lo peor:
han sido poco corresponsables ante diversas situaciones que, han sido
fundamentales para el escenario político nacional.
Después de la reforma electoral de 1996 que sin lugar a dudas fue una de las más
emblemáticas, porque entre los diversos cambios que generó, habría que destacarse
la denominada ciudadanización del IFE y por supuesto: dicha reforma dio paso a la
constitución del primer gobierno elegido democráticamente en la ciudad de México,
mediante el voto popular, a través de la elección de la figura del Jefe de Gobierno del
Distrito Federal, y con ello se terminó con una de las facultades discrecionales con las
que contaba el Presidente de la República, pues éste era quien nombraba al
encargado del Gobierno del Distrito Federal que, en ese entonces se denominaba
Regente.
¿Por qué traer a cuento dicha reforma? Porque ese año curiosamente surgieron
expe riencias de gobiernos divididos o si se prefiere de cohabitación política, como fue
el caso concreto de la conformación de la Cámara de Diputados en aquel momento,
en donde el partido que ostentaba la Presidencia de la República, no contaba con la
mayoría en dicha cámara para poder aprobar las diversas iniciativas emanadas del
titular del Poder Ejecutivo y por ende se generó en diversos momentos cierta parálisis
para la aprobación de diversas leyes, que evidentemente conducían hacia la
ingobernabilidad, y daban una muestra fehaciente de un comportamiento
antidemocrático por parte de ciertos par
tidos que, llegaron a emplear su fuerza política y de representatividad en el Congreso
para presionar, o bien para obstruir o concertar la aprobación de alguna ley, pero des
afortunadamente, más allá del bienestar de la nación en su conjunto y con intereses
que sólo acentuaron el desprestigio por la política y sus políticos. Lamentablemente
en este sentido aún falta camino por avanzar y las siguientes reflexiones pretenden ser
una mínima aportación, en este debate que resulta tan necesario para la construcción
de un México más democrático, justo y con mejores condiciones de vida para todos.
Hacia una Presidencia más terrenal
¿Por qué pensar en una Presidencia de la República más acotada en los términos de
nues tra propia ley? Simplemente porque a lo largo de nuestra historia la figura
presidencial ha sido casi equiparada a la de una deidad y no creo que esto resulte una
afirmación exage rada. Tan solo basta con recordar el siguiente pasaje, en el que más
allá de lo anecdótico, se podía comprobar el propio grado de autoconvencimiento
respecto a la influencia que el entonces Presidente de la República – Madero -; tenía y
sentía frente al pueblo: “ Nada hay que temer mientras el pueblo me aplauda”.
A pesar de que esta afirmación resulte deleznable e increíble, pareciera que fi
nalmente hemos visto en la Presidencia de la República y en su respectivo titular una
especie de mesías y éste a su vez ha ejercido su poder incluso más allá de sus faculta
des. Precisamente en uno de sus textos ya clásicos, Gabriel Zaid reflexionó lo
siguiente: “Queremos ser del primer mundo: que la economía deje de ser
presidencial, que la ley deje de ser presidencial, que el sufragio presidencial deje de
ser el sufragio efectivo”.
Quizá muchos pensamos que con la alternancia en la Presidencia de la República
se daría un viraje en la actuación del presidente frente a ciertos sectores y desafortu
nadamente no fue así. En este espacio podríamos abarcar innumerables páginas para
hablar de las diversas y amplias facultades que posee el Presidente de la República
como consecuencia lógica de nuestro sistema presidencial, muchas de ellas sin duda
tendrían que revisarse y modificarse, pues con ello ha tenido un amplio margen de
maniobra en el ámbito legislativo y una prueba fehaciente de esto se ha dado ni más
ni menos que en su poder de veto frente a las iniciativas de ley.
Pensemos por ejemplo en su facultad para nombrar a funcionarios, independiente
mente de que algunos de ellos tengan que ser ratificados por alguna de las cámaras
del Congreso. Y volvemos al punto, esto es producto de una herencia y de inercias
acumula das que no se han podido o querido desterrar. De ahí que resulte
conveniente recordar las siguientes líneas: “(…) la mayoría de los presidentes
latinoamericanos tienen más poder que un presidente estadunidense. En muchos
casos se les da el poder de vetar sanciones de leyes, lo que en repetidas ocasiones se
le ha negado a la Casa Blanca; se les permite gobernar en gran medida por decretos,
aunque en diferente grado, y a menudo se les conceden amplios poderes de
emergencia”.
Pero en medio de este debate en torno a sus diversas facultades, y los excesos en
los que ha incurrido el Presidente de la República en turno, lo que a mi juicio resulta
impe rante es el establecimiento de esta cultura y compromiso por conseguir que el
presidente pueda rendir cuentas ante la ciudadanía y evidentemente no esté por
encima de la ley. Esto sin duda alguna nos colocaría como una nación que realmente
está preocupada por el imperio de la ley.
La alternancia en Los Pinos llegó y ciertos episodios que pensamos se superarían,
estuvieron presentes y por supuesto: uno de ellos fue la ausencia por acotar lo que pu
dieran ser los excesos del Poder Ejecutivo.
No se trata de debilitar a la figura presidencial, y menos aún su investidura, pues
final mente ser el responsable de una nación, no es una tarea nada sencilla y menos
aún en medio de escenarios tan complejos que se presentan todos los días. La idea central: es
contar con un Poder Ejecutivo, inmerso en una auténtica división de poderes, de
manera que esto represente ese afán por ser parte de un régimen más democrático y
transparente.
Con justa razón José Antonio Crespo concluye que: “La deformación de los
poderes Legislativo y Judicial en México, son causa y consecuencia del
presidencialismo impune que, a su vez provoca la corrupción extensa e intensa que
contamina las venas del siste ma político, la violación sistemática de los derechos
humanos, la tentación por parte de quienes detentan el poder de abusar de él sin
rendir cuentas a nadie, y las probabilidades de tomar temerarias decisiones en
materia económica y social, que pueden hundir al país completo sin que aquéllos que
las tomaron paguen política o legalmente por su negligencia, ineptitud o dolo, según
sea el caso”.
Y como prueba de ello tan sólo basta con recordar lo sucedido en casos polémicos
como el vivido el 2 de octubre de 1968, el del 10 de junio de 1971 o si se prefiere, lo
acontecido en un Acteal, Aguas Blancas, o en materia económica se puede mencionar
un Fobaproa o el decreto presidencial en el que se decidió desaparecer a Luz y Fuerza
de Centro, en medio de un escenario de confrontación con su respectivo sindicato; el
de los electricistas: (SME). Y en todos estos casos, mencionados no se trata finalmente
de asumir una postura condenatoria hacia las decisiones emanadas de la Presidencia,
fueron casos que tuvieron y han tenido eco por los hechos tan complejos que se
vivieron en su momento, pero que de alguna u otra forma; tenían que ver con los
límites y respon sabilidades del titular del Poder Ejecutivo.
De manera que si algo se puede anhelar es una Presidencia que no sólo en sus dis
cursos cambie de actitud. Tendremos que esperar que un día no muy lejano los
poderes Legislativo y Judicial, se comporten en el estricto marco de sus funciones
como verda deros entes fiscalizadores y con ello se consolide una autentica división
de poderes tan necesaria para el fortalecimiento democrático de México y en la
reivindicación de estos órganos frente a la sociedad en su conjunto.
EL CONGRESO QUE HACE FALTA
“Al hablar del Congreso era inevitable referirse a los partidos que ahí estaban represen
tados, y al hacerlo, se ponía al descubierto otro flanco débil del Estado mexicano: esos
partidos o eran débiles o eran como el partido dominante, una mezcla de Secretaría
de Estado con cosa nostra”, afirma Lorenzo Meyer. Y ¿qué tanto ha cambiado la
situación del Congreso, por lo menos con experiencias en donde la oposición ha sido
mayoría? Penosamente y aún cuando la oposición ha sido mayoría en alguna de las
cámaras que integran el Congreso, su desempeño ha dejado mucho que desear. Y no
debe entenderse como un digno papel el hecho de bloquear iniciativas que
provengan del Ejecutivo, por la sencilla razón de que el Presidente de la República en
turno no sea correligionario de alguno de los partidos ahí representados. Por
supuesto tampoco es deseable que los legisladores que forman parte del partido del
que proviene el titular del Ejecutivo, aprue ben de una forma acrítica toda clase de
iniciativas que emanen de la Presidencia.
Lo cierto es que uno de los actores centrales del o los cambios que pudieran
gestarse en el escenario político, económico y social de la nación, es y seguirá siendo
el Congreso. Desafortunadamente hemos sido testigos de episodios más que
vergonzosos, en donde el Poder Legislativo como tal, o por lo menos ciertos
legisladores que han actuado unidos por toda clase de intereses y no precisamente a favor del país, que en su conjunto han mostrado en momentos más que cruciales una abierta subordinación al
Ejecutivo, aprobando leyes que han resultado más que cuestionables; como
ejemplos: tan sólo bastaría con remitirme a la aprobación del Fondo Bancario Para la
Protección al Ahorro ( Fobaproa) en donde más allá de los argumentos sostenidos
para su aprobación, lo que realmente se hizo fue la transferencia de una deuda de la
banca hacia los contribuyentes que, no tenían por qué ser partícipes de una situación
de la que no eran responsables. Ante ello, los legisladores que se erigieron como
mayoría fueron responsables de una herencia poco gratificante para la economía del
país. Y para finalizar con otro ejemplo: qué decir de la aprobación del IVA del 10 al 15
por ciento, en donde una vez más: los ciudadanos de carne y hueso, serían los que
asumirían la carga de esa situación.
De manera que urge que el Congreso asuma el papel que le confiere la ley para
actuar en el marco de sus atribuciones como un poder fiscalizador del Poder
Ejecutivo. Resulta imperioso que el Poder Legislativo recobre no sólo su autoridad
sino su reputación, pues ha quedado claro en más de una ocasión que no ha sido un
auténtico ente fiscalizador del Poder Ejecutivo, y en este sentido podríamos
remitirnos al denominado “poder de bolsa” que tiene que ver con el presupuesto de
egresos y la revisión de la cuenta pública, temas por demás cruciales para la
economía nacional, pero particularmente para la observación del manejo de los
recursos públicos, pero además su respectiva y adecuada canalización; que ha dejado
mucho que desear pues, se ha preferido destinar sumas cuantiosas hacia áreas como
la de la seguridad que por obvias razones es importante, pero paradójicamente se
dejan a un lado otras esferas, que resultan igual de importantes.
¿Qué hacer entonces ? más allá de un recetario, si de reformas se trata, bien vale la
pena pensar en la urgente necesidad de reducir el número de legisladores, pensar en
su respectiva reelección para que no estén sujetos a presiones coyunturales; situación
que se ventiló en una de las más recientes reformas políticas y desde luego buscar su
profesionalización, pues de la noche a la mañana han aparecido políticos que nada
han aportado a la vida política del país y mucho menos hacia la consolidación
democrática , y lo peor: durante largos años, diversos legisladores se han convertido,
en “dueños del congreso”, con “salarios lacerantes para un país depauperado, de
carreteras parchadas, comunidades aisladas, niños de la calle, pensiones de hambre,
asesinatos en serie e impunes, secuestros y desempleo creciente”.
Esperemos pues, que algún día esta utopía por ver a un Congreso fortalecido y
acor de a las necesidades y demandas de la ciudadanía realmente actúe como un
auténtico representante del pueblo.
EN BÚSQUEDA DEL ESTADO DE DERECHO
Concluir con una breve revisión hacia esta idea o si se prefiere: el afán por construir un
Estado de derecho, no podía soslayarse, porque cómo podríamos pensar en un
régimen democrático sin el pleno apego a las leyes. El problema ha sido precisamente
que el fortalecimiento de nuestra democracia se ha postergado entre diversas causas,
por esa escasa cultura de la legalidad y el desdén hacia las leyes. “Leyes y ciudadanos
abundan en nuestra legislación, no así ciudadanos que los respeten”., como diría
Federico Reyes Heroles. De manera que quiero centrar esta lacónica reflexión en dos
vertientes. Por un lado me parece más que impostergable el dotar al Poder Judicial de
plena autonomía para un adecuado cumplimiento de sus tareas y más aún frente a
cualquier presión de índole política, pues lamentablemente: (…) “todavía existen
reminiscencias de actitudes absolutistas, en que se utilizan a juzgadores (no siempre con la anuencia de éstos)
como instrumento para favorecer intereses políticos, particulares o de grupo”. Qué
situación tan privilegiada sería el contar con un Poder Judicial que no esté some tido
más que al pleno cumplimiento de la ley. Sin embargo hemos visto desfilar asuntos y
situaciones de toda índole en donde altos funcionarios e incluso representantes
popula res de diversos niveles de gobierno han sido señalados de manera rotunda e
incluso con pruebas de por medio que podrían ser de peso para castigarlos y
sorprendentemente, han sido exonerados. De manera que la credibilidad del Poder
Judicial ha sido deteriora da por esta clase de situaciones en donde el poder político
ha derrotado el “espíritu de las leyes” y esta situación no puede ni debe permanecer.
Tampoco resulta nada grato contemplar en toda clase de niveles ese desarraigo
por las autoridades y las leyes, porque finalmente se ha llegado a un grado de
desconfianza como consecuencia natural de la acentuación de una especie de cultura
de la impunidad.
Al decepcionarnos de la instancias a las que acudimos sin encontrar respuestas o
acciones que nos permitan confiar en la ley y en la idea de que en México no existe
nadie por encima de la ley, a pesar de la existencia de “intocables”, a quienes: (…) “La
democracia mexicana y sus vacíos de poder los han convertido en verdaderos señores
feudales en sus territorios”.
¿Y LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN?
Quise cerrar estas breves reflexiones con un mínimo atisbo hacia los medios de
comuni cación y muy particularmente a la televisión que desde hace un buen tiempo
ha venido acentuando su poder económico y político, y por consiguiente su influencia
ha ido más allá de las pantallas. Aún no dejan de ser proféticas las palabras de
Popper, cuando pensó
que: “Una democracia no puede existir si no pone bajo control a la televisión”. Dicha
afirmación me parece que no es y no será exagerada porque definitivamente la
televisión comercial y específicamente el duopolio (Televisa y TV Azteca) han actuado
en más de una ocasión como un dique en este afán por afianzar la democracia en este
país. Y lo han hecho de manera abierta: se han erigido como un poder de presión
política, al crear, fortalecer o debilitar a cualquier actor político o social. A través de
sus pantallas y específicamente en lo concerniente a la presentación del diario
acontecer político na cional, ha quedado a deber en múltiples ocasiones, no sólo en
cuanto a información se refiere, me refiero también a la complacencia o si se prefiere
a la conveniencia con la que ha actuado frente a la clase política, y esto nos lleva a
recordar a Julio Scherer cuando nos llegó a recrear ese ambiente de privilegios y
acuerdos que han buscado entre sí los medios y los políticos, como una especie de
amasiato.
Desde la televisión se ha señalado y juzgado a todo tipo de personajes y
situaciones. Desde luego también se ha criticado en infinidad de ocasiones la falta de
democracia en el país, pero ¿qué han hecho desde la pantalla chica para iniciar con su
respectivo proceso de democratización que permita dar paso a una nueva legislación
que los responsabilice frente a sus atropellos? Y desde luego, convierta su eje de
actuación en medio de reglas claras y un marco jurídico que los responsabilice frente
a la sociedad y los aleje de esa mediocracia que han construido con el exclusivo poder
de influencia y penetración en el auditorio y no precisamente por su ética.
Como en otros países, México no debe ser la excepción para que los medios de co
municación y específicamente la televisión, realicen su trabajo con apego y respeto a
las leyes, a la ética, pero sobre todo: con ese compromiso de ser verdaderos espacios para el análisis, el debate que permita discutir sin cortapisas. Esto podría ser posible
si los dueños de ciertos medios y particularmente los de la televisión, entendieran que
el hartazgo hacia la política y lo que ésta contamina, como es el caso de las relaciones
perversas, incluidas las que se han fraguado con los medios, tarde o temprano serán
insostenibles. Si la pantalla chica quisiera ser partícipe de la construcción de un
México, más democrático, está a tiempo de corregir el rumbo, y sumarse a la
vanguardia de los cambios que exige la sociedad, y el propio andamiaje por el que ha
venido avanzado este arduo y nada sencillo camino de nuestra democracia; porque
siempre será fácil criticar a nuestras instituciones y demás actores políticos y sociales,
desde un espacio informa tivo, pero igual de sencilla y autoritaria resulta la
complacencia y la inercia de modificar las reglas del juego bajo las que ha
deambulado la pantalla chica, y esta postura lejos de coadyuvar al cambio
democrático, lo petrifica y una prueba más de ello, es la creación de figuras y de
candidatos con miras a subsecuentes procesos electorales.
Ojalá que algún día la televisión no termine por rebasar e imponerse a sus aliados,
porque estaríamos frente a un poder incontrolable y lo peor; frente a una batalla
perdida: la del uso de un medio de comunicación como fuente de chantaje y
posicionamiento político, en detrimento de su función social de informar y ser
protagonista de una historia que vaya de la mano del fortalecimiento de una
democracia como la mexicana a la que le hacen falta aliados y uno de ellos sin duda
alguna pueden ser los medios y entre éstos la televisión por el potencial alcance que
tiene. Ojalá que así sea.
CONCLUSIÓN
En este recorrido traté de centrar mi atención en la idea de activar una reforma del Es
tado, que si bien es cierto puede y debe incluir diversos ámbitos, pensé en la
necesidad proponer que dicha reforma partiera desde sus principales órganos: el
Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial, la cual incluya a los medios de comunicación,
sin ser parte del Estado, y específicamente a la televisión por su inevitable influencia
en los avatares po líticos y sociales, porque a mi juicio, desde esos espacios se pueden
y deben articular las sucesivas reformas que, nos permitan atender la cambiante y
compleja agenda política, económica y social de un país como México en donde sus
ciudadanos esperan que la de mocracia de la que tanto le han hablado, pueda ser un
camino que los lleve hacia mejores condiciones de vida, pero además donde sus
instituciones y actores políticos y sociales, se desenvuelvan bajo el escrutinio
ciudadano y el de la ley.
Pero este sendero tiene que allanarse fortaleciendo nuestra democracia y por
ende: atendiendo esas deudas -con la democracia- a las que hice alusión a lo largo del
presente trabajo. Por supuesto: esto no es ningún paradigma ni una garantía absoluta
de cambio. Es tan sólo una mínima propuesta encaminada al necesario intercambio
de ideas que, desde cualquier espacio puede y debe darse, sobre todo, cuando aún
nos aferramos a la utopía de imaginar un país en el que se pueda reducir la brecha
entre una minoría que vive en la opulencia y una mayoría que sobrevive en
condiciones deplorables; y esta imaginación va más allá: y tiene que ver con ese
México inmerso en la legalidad, sin into cables y lejos de la impunidad en cualquier
ámbito. México visto metafóricamente como un rostro ha pasado de la risa al llanto.
No terminemos por desfigurar lo que queda de él, pues sus expresiones de dolor y
frustración son incontenibles y merecen ser vistas; pero sobre todo: atendidas, antes
de que sea demasiado tarde para una cirugía en la que sólo cicatrices queden.
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