El prestigio frente al silencio: 48 horas de sospechosismo
El rumor en la política mexicana es un viejo conocido que no descansa; siempre corre más rápido que la verdad, especialmente cuando encuentra un vacío informativo que llenar. Este fin de semana, el blanco fue nuevamente la salud de Andrés Manuel López Obrador. Y aunque la desmentida llegó, lo hizo con un paso tan lento, tan cansino, que permitió a la especulación adueñarse del ánimo público durante 48 largas horas.
La duda queda en el aire: ¿Por qué la presidenta Sheinbaum no lo desmintió con la misma garra el mismo sábado cuando se le preguntó directamente? Todo apunta a que, en la inmediatez de la crisis, ni en Palacio Nacional ni en su equipo de comunicación sabían “bien a bien” qué estaba pasando. Ese titubeo es, en política, una concesión de terreno que rara vez se recupera.
Fue hasta la “mañanera” de este lunes que la mandataria decidió atajar las versiones. Y lo hizo, por cierto, aprovechando una pregunta de “casa”, de la hoy reportera y otrora exfuncionaria mañaneril, la señorita Garcia Vilchis. El objetivo era claro: arremeter con dureza contra el periodista Jorge Fernández Menéndez, a quien conozco desde hace mucho como un profesional serio y de larga trayectoria.
Recordemos la persistencia de Jorge aquel sábado…
A las 13:33​ horas, afirmó la hospitalización en el hospital militar por afección cardiaca.
A las 15:07​, ajustó diciendo que ya no estaba internado, pero confirmaba un estado “delicado”.
Y a las 16:40​, reiteró tener “absoluta certeza” por fuentes cercanas de un episodio cardiaco.
¿Le fallaron las fuentes a Jorge?
Nadie se juega un prestigio de décadas así como así. Un periodista de ese nivel no lanza afirmaciones sin un respaldo sólido.
Pero para el poder, el ejercicio fue simplemente “irresponsable”, equiparándolo con una campaña para dañar al país.
Es válido exigir rigor, pero señalar la “pluma ajena” no borra la parálisis propia. En el manual de crisis, lo que se aclaró hoy debió decirse el sábado, señora Presidenta. El silencio oficial no es neutral; es el combustible del sospechosismo en una sociedad que no olvida que el corazón de López Obrador ha dado batallas reales.
Y aquí lo más extraño: ¿Por qué el propio expresidente no grabó un video de 30 segundos desde su retiro en Palenque? Un mensaje breve habría bastado para desarmar la crisis. Verlo nos habría devuelto la certeza; se vale hacerlo cuando surgen dudas legítimas. Por cierto, llama la atención que, entre tanto reclamo, tampoco han desmentido categóricamente que estuviera enfermo, solo que no estuvo en el hospital.
¿Fue descuido o estrategia? Quizás el equipo estaba rebasado por un sábado difícil, marcado por los ataques de Donald Trump. Lo cierto es que, en la crónica de nuestra vida pública, lo que el poder no dice a tiempo, la sociedad termina escribiéndolo con la tinta de la desconfianza.

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