Con la barbilla en alto, Enrique Inzunza Cázarez se declaró ante las cámaras como un ser constitucional y verídicamente inocente; y que los que los cargos que le imputan son patrañas. | Fred Álvarez.
La Silla Rota/, 2/9/2026 · 22:07 hs
Enrique Inzunza Cázarez no suelta el fuero, sólo lo hizo en mayo, y fue por horas, una farsa
Ciento veinticuatro días fue el tiempo exacto que le tomó al fantasma legislativo materializarse de nuevo en el Senado de la República. Enrique Inzunza Cázarez reapareció en la Cámara Alta, la tarde del pasado 31 de agosto, estrenando ahora la conveniente etiqueta de legislador “independiente” tras un divorcio exprés y calculado de la bancada de Morena. Y lo hizo, cómo no, para retar abiertamente nuestro sentido común.
Y convocó a una rueda de prensa donde se comportó de manera soberbia, incluso mofándose de reporteros de la fuentes como Leticia Robles de la Rosa y el Gerardo Segura de TV Azteca.
Inzunza se plantó frente a los micrófonos no como un hombre arrinconado por la presión de los señalamientos que lo vinculan al crimen organizado, sino enfundado en el pulcro traje de un “soberanista” ofendido. Con la barbilla en alto, se declaró ante las cámaras como un ser “constitucional y verídicamente inocente”. Órale.
Su excusa para justificar cuatro meses de ausencia física raya en la tomadura de pelo: presume, con una soberbia digna de mejor causa, que desde la comodidad de Culiacán realizó un home office intensivo preparando veintidós dictámenes. Un trabajo a distancia de auténtico lujo, sostenido puntualmente por el erario, mientras el país entero exige legisladores que den la cara en la tribuna y no desde la clandestinidad sinaloense.
El trasfondo de esta prolongada desaparición no fue una simple falta administrativa ni un descanso inoportuno, sino una sombra gravísima que cruza la frontera norte. Señalado directamente por el Departamento de Justicia de Estados Unidos por presuntos vínculos con el crimen organizado —según el indictment anunciado formalmente el 29 de abril por la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York, bajo la jurisdicción de la jueza Katherine Polk Failla—, Inzunza optó por el guion más desgastado de la política nacional: el papel de víctima.
En su regreso, se apresuró a gritar ante los micrófonos que no es un “narcosenador”, ni narcotaquero ni narcomagistrado; que los cargos que le imputan son “patrañas” y que todo responde a una maquiavélica coincidencia. Juró que la justicia estadounidense se lanzó en su contra casual y milagrosamente justo después de que él alzó la voz para “defender la soberanía nacional”, acusando a la gobernadora de Chihuahua de traición a la patria por la supuesta operación de agentes de la CIA en territorio nacional.
O sea, que para él, la Corte de Nueva York opera como brazo ejecutor de una grilla local y la justicia de Estados Unidos hace política en su contra. ¡Órale…!
En esa misma tesitura, cuando Gerardo Segura, de TV Azteca, lo cuestionó de frente y sugirió que había “huido” o permanecido escondido para evadir la justicia al amparo del fuero, Inzunza asumió una postura sumamente defensiva. Negó tajantemente las acusaciones, calificó los señalamientos de falsos y de formar parte de una embestida mediática y guerra judicial. Acto seguido, arremetió contra el reportero al espetarle: “Su señor jefe Ricardo Salinas Pliego…”, con lo que denunció una presunta campaña en su contra desde la televisora, mientras amparaba su defensa en la narrativa del lawfare: o sea, el uso instrumental del sistema legal para inhabilitar al adversario.
Aclaró, una y otra vez, que su ausencia legislativa previa obedeció a decisiones parlamentarias y no a evasión.
Sin embargo, ese retórico discurso choca violentamente con una realidad financiera que no se borra con saliva ni con conferencias de prensa. Nos habla de una vida de esfuerzo y de una juarista “honros