Por Cindy Pulido

Cada 10 de septiembre hablamos de suicidio, de depresión, de ansiedad, de señales de alerta, de factores de riesgo y de la importancia de pedir ayuda.

Pero, desde la psicología, me gustaría plantear la siguiente pregunta ¿Por qué esperamos a que una persona esté enferma para comenzar a preguntarnos cómo está viviendo?

Hemos construido una idea de “salud mental” que con demasiada frecuencia parece significar únicamente una cosa: ausencia de psicopatología.

Si puedes levantarte, trabajar, estudiar, cumplir horarios y contestar “bien” cuando alguien pregunta cómo estás, entonces aparentemente todo marcha como debería.

Pero ¿Podemos afirmar que eso es salud mental? Porque más bien parece que se vive en una sociedad del hiperdiagnóstico, donde se ignora que una persona puede no tener un diagnóstico y sentirse insatisfecha con su vida o funcionar perfectamente en su trabajo y sentirse sola.

Puede no presentar síntomas suficientes para un diagnóstico y, al mismo tiempo, experimentar desesperanza, falta de sentido, aislamiento o una sensación permanente de que su vida no le pertenece.

Y quizá ahí tenemos una de las grandes limitaciones de la conversación contemporánea sobre salud mental.

Hemos aprendido a detectar enfermedades, pero no necesariamente hemos aprendido a construir bienestar.

La prevención del suicidio suele comenzar a discutirse cuando aparecen señales de alarma o incluso, cuando es demasiado tarde. Pero si solamente intervenimos cuando el sufrimiento ya alcanzó niveles críticos, estamos pensando como dice coloquialmente el dicho: “ahogado el niño, se tapa el pozo” 

¿Qué pasaría si comenzáramos mucho antes? ¿Qué pasaría si la salud mental no se midiera únicamente por la cantidad de síntomas que una persona presenta, sino también por las posibilidades reales que tiene para satisfacer sus necesidades?

De contar con condiciones materiales que permitan algo más que sobrevivir, porque resulta complicado hablar de bienestar psicológico mientras millones de personas viven en condiciones que permanentemente ponen en riesgo su estabilidad.

¿Podemos pedirle a alguien que “trabaje en sí mismo” cuando vive bajo violencia? ¿Podemos decirle que desarrolle resiliencia cuando no tiene una red de apoyo? ¿Podemos recomendar autocuidado a quien trabaja jornadas interminables y apenas tiene tiempo para dormir? ¿Podemos reducir a un problema individual la desesperanza de quien enfrenta precariedad, aislamiento, discriminación o abandono?

Aquí es donde la conversación sobre salud mental debería ser incluso más profunda, porque existe el riesgo de convertir el bienestar en una responsabilidad exclusivamente individual.

“Ve a terapia”, “Haz ejercicio”, “Medita”, “Pon límites”,“Aprende a gestionar tus emociones.”

Todo eso puede ser útil, pero parece más bien una forma bastante cómoda de decirle a las personas: arréglate tú. Y mientras tanto, dejamos intactas las condiciones que producen buena parte del sufrimiento.

No se trata de negar la existencia de la depresión, la ansiedad o cualquier otro trastorno. Tampoco de sustituir la atención clínica cuando es necesaria, sino de reconocer que la salud mental no puede comenzar y terminar en la patología.

Una persona no debería tener que estar deprimida para que nos interese su bienestar. No debería tener que presentar una crisis de ansiedad para que alguien pregunte si está sobrecargada. No debería tener que decir que quiere morir para que finalmente alguien considere que quizá llevaba demasiado tiempo sufriendo.

La prevención del suicidio debería comenzar mucho antes de la ideación suicida. Debería comenzar cuando preguntamos si las personas tienen redes de apoyo significativas, si pueden descansar o expresar lo que sienten, si cuentan con oportunidades para decidir sobre su propia vida e incluso si encuentran sentido en lo que hacen.

No es lo mismo sobrevivir que vivir.

Podemos tener estadísticas que no registren una crisis y, al mismo tiempo, comunidades enteras atravesadas por soledad, violencia, precariedad y desesperanza. Por eso el Día Mundial para la Prevención del Suicidio debería ser también una oportunidad para cuestionar nuestra propia definición de salud mental.

No solamente preguntar:

“¿Qué enfermedad tiene?”

Sino:

“¿Qué condiciones le permitirían estar mejor?” y “¿Qué estamos haciendo para que su vida tenga redes, sentido y posibilidades?”

La prevención debería aspirar a algo más ambicioso que las personas tengan razones, recursos, vínculos y condiciones para querer vivir y eso no se resuelve únicamente en el consultorio de un psicólogo.

También se juega en la familia, en la escuela, en el trabajo, en los servicios de salud, en las comunidades y en las políticas públicas.

Este 10 de septiembre podemos volver a hablar de depresión y ansiedad pero también deberíamos hablar de algo que rara vez aparece en las campañas:

Creo que hemos dedicado demasiado tiempo a preguntarnos cómo evitar que alguien enferme y muy poco a preguntarnos cómo construir las condiciones para que pueda estar bien.

No deberíamos pensar solo en prevenir la muerte, es un excelente momento para, como sociedad, aprender a hacer posible la vida.

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