Atravesamos un momento verdaderamente crítico, de esos que no admiten pausas ni toleran curvas de aprendizaje. Como bien retrata hoy Javier Cabrera Martínez, corresponsal de El Universal desde Culiacán, la nueva gobernadora interina, Graciela Domínguez Nava, asume el timón de un estado que clama, con urgencia, certidumbre institucional y paz social.
El mensaje enviado desde su toma de protesta no deja margen a la ambigüedad: hay una intervención directa y de fondo desde la Presidencia de la República. No se trata de la habitual retórica de apoyo a la distancia; hablamos de un equipo de enlace operando en el terreno, enviado por Claudia Sheinbaum, que ya diseña a marchas forzadas un plan integral de gobernabilidad junto al gobierno estatal; la propuesta debe estar la semana entrante,..
Esta estrategia se sostiene en dos pilares que resuenan como un clamor popular: devolver la tranquilidad a las calles y oxigenar una economía local severamente asfixiada. Domínguez Nava —quien entra al relevo para concluir el mandato de Rocha Moya— sabe que el tiempo es un lujo que no posee. Promete un gobierno itinerante, de puertas abiertas, dispuesto a recorrer los 20 municipios para dialogar con todos los sectores sociales y productivos. La apuesta es atender las causas desde la vertiente de la seguridad pública, con la promesa de que la próxima semana se verán los primeros avances tangibles. Ojalá.
Pero las aguas de la política tienen sus propias mareas, y ese discurso de unidad ya navega sus primeras tormentas internas. La decisión del senador Enrique Inzunza de separarse de Morena para enfundarse en el cómodo traje de legislador “independiente” —manteniendo intacto su fuero— puso a prueba el pulso en Palacio Nacional. Ayer, la presidenta evitó concederle oxígeno a la ruptura. Ante la prensa, optó por la elocuencia de la brevedad: “Ya lo comenté yo, en otras ocasiones”.
Esa aparente indiferencia es, en el fondo, una declaración de principios; un mensaje directo de que el proyecto colectivo está por encima de los amagos y las ambiciones individuales.
Hoy, Sinaloa requiere toda la fuerza, la inteligencia y la capacidad del Estado mexicano trabajando al unísono. Las mesas de seguridad sesionan a diario y la coordinación con la Federación parece blindada. Sin embargo, seamos muy claros: el verdadero veredicto no lo dictarán los políticos, lo dará la ciudadanía. El éxito histórico de este interinato no se medirá en los discursos, ni en los aplausos de escritorio, sino en algo mucho más profundo: que los sinaloenses podamos, finalmente, recuperar la confianza de salir de nuestras casas y sentirnos seguros en nuestra propia tierra. Ese es el reto monumental; no hay margen de error.
