Al llegar a la plancha del Zócalo capitalino, las flores de cempasúchil captaron inmediatamente mi atención por su característico aroma y su color naranja. Su característico olor y color anunciaban que estábamos frente a una de las celebraciones más significativas de nuestra cultura. A mi alrededor, familias, parejas y visitantes recorrían el espacio; algunos se detenían a contemplar los detalles, otros buscaban el mejor ángulo para tomarse una fotografía y muchos más aprovechaban el momento para guardar un recuerdo junto a aquella figura monumental.

La Catrina comenzaba a convertirse en el centro de todas las miradas. Su presencia no solo destacaba por sus dimensiones, sino también por el significado cultural que representa. Las personas se acercaban, observaban sus detalles y compartían la emoción de ver como poco a poco se construía la ofrenda de día de muertos.

Sin embargo, detrás de aquella imagen que despertaba admiración había mucho más que una estructura monumental. Había manos trabajando, personas coordinándose, materiales transformándose y un equipo que dedicó tiempo, conocimiento y creatividad para hacer posible el proyecto.

Durante mis visitas al Zócalo tuve la oportunidad de observar cómo la instalación iba tomando forma. No se trataba únicamente de llegar y encontrar la ofrenda terminada; también pude presenciar parte de su proceso de construcción. Vi a los trabajadores descargar y acomodar las flores, distribuir los elementos decorativos y colocar las pequeñas figuras de ajolotes que acompañaban la instalación. Poco a poco, el espacio se llenaba de color: el naranja del cempasúchil, los detalles de la estructura y el vestuario en tonos morados de la Catrina.

Cada visita me permitía descubrir algo distinto. Lo que en un primer momento parecía una gran estructura, con el paso de los días comenzó a verse el gran proyecto que se tenía previsto para esta celebración. Los detalles se incorporaban, las flores encontraban su lugar y los elementos decorativos daban vida a una composición que invitaba a detenerse y observar.

El 29 de octubre se llevó a cabo la inauguración oficial de esta monumental figura, encabezada por la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada. Con una altura de 33.4 metros, la Catrina se presentó como una obra que buscaba alcanzar un récord Guinness por sus dimensiones. Más allá de la intención de obtener este reconocimiento, su presencia convirtió al Zócalo en un punto de encuentro para quienes deseaban acercarse a una representación de nuestras tradiciones.

Pero ¿qué significa para las personas esta celebración y ver una catrina de este tamaño?

Al entrevistar a algunos visitantes, descubrí que la experiencia iba más allá de capturar el momento con una fotografía. Para algunos, el Día de Muertos representa la oportunidad de recordar sus seres queridos que ya no están; para otros, es una tradición que los reúne con sus familias y les permite mantener presente la memoria de sus seres queridos. Entre las respuestas también aparecía el recuerdo de sus madres, padres y otros familiares, demostrando que esta celebración tiene un significado profundamente personal.

Había quienes visitaban la instalación por primera vez y quienes regresaban año con año para admirar las propuestas que se presentan en el corazón de la capital. Algunos destacaban el tamaño de la Catrina; otros, el colorido de las flores, la presencia de los ajolotes y la creatividad de los artistas. Cada persona encontraba un motivo distinto para detenerse, mirar y guardar ese momento.

En medio de ese recorrido tuve la oportunidad de entrevistar a Carlos Báez, quien es el director del taller de arte Xibalba.

Para conocer más sobre el proyecto, entreviste brevemente a Carlos Báez, director del Taller de Arte Xibalba y responsable del trabajo artístico. Durante la entrevista compartió algunos detalles sobre el proceso creativo, los materiales empleados y los retos que implicó coordinar una instalación de tal magnitud.

Báez cuenta con una trayectoria de 21 años y explicó que uno de los principales desafíos fue coordinar a todas las personas involucradas. Un proyecto de estas dimensiones requiere organización, comunicación y trabajo en equipo. Detrás de cada elemento colocado existe una labor especializada y una serie de decisiones que deben realizarse de manera conjunta para que el resultado final tenga coherencia.

La monumental Catrina fue construida mediante la combinación de distintos materiales y técnicas. Su estructura principal está elaborada con acero, mientras que para dar forma a distintos elementos se utilizaron materiales como fibra de vidrio, unicel y cartonería. También se incorporaron recursos de diseño textil, telas, materiales luminosos y mangueras LED que permitieron iluminar diferentes partes de la figura, entre ellas algunos detalles de su vestuario y sus accesorios.

Cada material cumplió una función dentro de la composición. No era solamente levantar una estructura de gran tamaño, sino conseguir que tuviera volumen, expresión y una apariencia capaz de atraer la mirada de quienes recorrían la plaza. El trabajo artesanal y los conocimientos técnicos se encontraron para dar forma a una representación que combina tradición, diseño y creatividad.

La elección de la figura tampoco fue casual. El personaje retomado fue La Calavera Garbancera, creación del grabador mexicano José Guadalupe Posada, que con el paso del tiempo se convertiría en uno de los símbolos más reconocibles de la cultura popular mexicana: La Catrina.

La Calavera Garbancera surgió como una crítica social. Su imagen hacía referencia a quienes buscaban aparentar una posición o identidad europea, rechazando sus raíces y costumbres. Años después, Diego Rivera retomó esta figura en su mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, donde la representó con el atuendo elegante que hoy asociamos con La Catrina. De esta manera, un personaje nacido de la crítica y la burla se transformó en un símbolo presente en las celebraciones del Día de Muertos.

En la instalación del Zócalo también destacaba la presencia de los ajolotes, una especie emblemática de México y estrechamente relacionada con los antiguos sistemas lacustres del Valle de México. Su incorporación aportaba otro elemento de identidad cultural y natural a la propuesta, recordándonos la riqueza de las especies que forman parte de nuestro patrimonio.

Mientras recorría el lugar, observaba cómo las personas se apropiaban de aquel espacio. Las fotografías familiares, las sonrisas, las conversaciones y las miradas de asombro daban cuenta de que la instalación no era únicamente una obra para contemplar, sino también un punto de encuentro. El Zócalo se convertía en un escenario donde convivían el arte, la memoria y la tradición.

Al hablar con Carlos Báez, también surgió una reflexión importante: la intención de que quienes visitaran la monumental Catrina no se quedaran solamente con la fotografía o el recuerdo de una obra de grandes dimensiones, sino que llevaran consigo el interés por conservar las tradiciones. La celebración del Día de Muertos no termina al salir de la plaza; continúa en los hogares, en las ofrendas familiares, en las fotografías de quienes ya partieron y en las historias que se transmiten de una generación a otra.

Después de recorrer el Zócalo en distintas ocasiones, observar el proceso de montaje y escuchar las experiencias de quienes acudieron a admirar la catrina monumental, comprendí que el verdadero valor de esta obra no se encontraba únicamente en sus 33.4 metros de altura. También estaba en las manos que la construyeron, en la creatividad de quienes la diseñaron, en el esfuerzo de quienes colocaron cada flor y en las personas que, al contemplarla, encontraron una razón para recordar a sus seres queridos.

La Catrina monumental fue mucho más que una figura de grandes dimensiones. Fue el resultado de un trabajo en equipo y una oportunidad para encontrarnos con una parte de nuestra identidad cultural.

Porque el Día de Muertos no se trata solamente de adornar una plaza o colocar una ofrenda. Se trata de recordar, de reconocer nuestras raíces y de mantener vivas las historias que nos unen con quienes estuvieron antes que nosotros.

Y quizá esa sea una de las imágenes más significativas que me dejó este recorrido: entre el aroma del cempasúchil, las fotografías y el movimiento de la gente, la tradición seguía encontrando nuevas formas de hacerse presente en el corazón de la Ciudad de México.

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