Por Fred Alvarez Palafox…
Hablar de Élmer Mendoza es hablar de nuestra tierra, de ese Sinaloa que nos corre por las venas y que él ha sabido llevar, con una maestría inigualable, hasta el último rincón del mundo. Porque leer a Élmer es escuchar el habla de la calle, sentir el calor de Culiacán y entender que nuestras realidades, por más duras o complejas que parezcan, tienen una profunda dignidad literaria cuando pasan por su pluma.
Este próximo 14 de octubre, en el Palacio Legislativo de San Lázaro, la Cámara de Diputados y el Instituto Cervantes le entregarán el Premio Excelencia en Letras y Humanidades 2026. Y no es para menos. Un jurado de lujo —con plumas de la talla de Luis García Montero, Marco Antonio Campos, Alí Calderón, Iliana Olmedo y Maritza M. Buendía— decidió otorgárselo por unanimidad. No se trata solo de un reconocimiento a su obra, sino a una trayectoria internacional sólida que demuestra que lo local, cuando se escribe con alma y talento, se vuelve universal.
Élmer es dramaturgo, cuentista, un promotor cultural incansable y, sobre todo, un hombre que ama a Sinaloa como pocos. Es, además, un narrador nato, ¡un chingón de las letras! ¿Cómo olvidar Balas de Plata, con la que ganó por unanimidad el prestigioso Premio Tusquets Editores de Novela? ¿O El amante de Janis Joplin, que le valió el Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares? Ahí están también Efecto Tequila, finalista del Dashiell Hammett; Cóbraselo caro; Asesinato en el Parque Sinaloa; y esa joya de cuento que es Trancapalanca. Una obra vasta que abarca la novela, el ensayo y el relato, y que ha sido traducida a más de diez lenguas.
Pero más allá de los premios, de su paso como presidente del Colegio de Sinaloa y de su incansable labor formando a nuevas generaciones de escritores, a mí me une con Élmer una complicidad entrañable. Entre él y yo hay hilos invisibles que se cruzan: ambos somos orgullosamente sinaloenses —él de Culiacán, yo de Los Mochis—, ambos compartimos esa devoción incurable por la literatura, y ambos llevamos en el altar de nuestros autores preferidos a dos gigantes indispensables: Juan Rulfo y Octavio Paz. Y además, tenemos “aire de familia”, nos parecemos físicamente, claro que el escritor es nueve años mayor que yo; él es modelo 49 y yo soy, apenas, 58. Jajaj..
Élmer, este reconocimiento en San Lázaro nos llena de orgullo a todos los que llevamos a Sinaloa en el corazón. Gracias por poner nuestras historias en el mapa del mundo, por tu generosidad y por tu amistad.
¡Muchas felicidades! A seguir escribiendo más; sé que te duele, como a muchos, lo que pasa en nuestra tierra, pero la escritura nos redime y nos vuelve libres.
