Tras un extenso recorrido de más de cuarenta horas que cruzó el país desde el frío hermetismo del penal de “El Altiplano” hasta la brisa marina de Ensenada, Ernesto Ruffo pisó nuevamente su hogar. Lo hizo con el semblante templado, de buen humor y arropado por la cercanía de los suyos —su hija Verónica y su abogado, Juan Marcos Gutiérrez—, marcando el fin de una travesía terrestre de casi dos mil ochocientos kilómetros bajo la atenta custodia de la Guardia Nacional.
Aquel largo trayecto no concedió excepciones: lo regresaron esposado, tal como lo estipula el protocolo. ¡Qué protocolo tan caro!
El contraste entre los muros de máxima seguridad mexiquenses y el umbral de su residencia bajacaliforniana quedó sintetizado en sus primeras palabras ante los simpatizantes que ya lo esperaban: un llamado a la unidad nacional bajo la premisa de encontrarse a través del amor a México. Ahora, con el inmueble bajo la vigilancia permanente de los elementos federales, se abre un nuevo capítulo de resguardo domiciliario donde la defensa ha reiterado total apertura para cumplir estrictamente con las reglas dictadas por la justicia.

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